La carta que nunca se envió

logicapsula 1.4

Aquello clavó mis pies al polvo y de un solo golpe quemó mi corazón como una roñosa bujía de motor a combustión. Me sentí poseído, como uno de esos acólitos de los Big Book Boys, por conocer por qué estaban ahí esas palabras, las mismas que tatué en mi pecho años atrás cuando decidí convertirme en cibercronista, al lanzar al desierto las cenizas de mis padres, jurando vomitar en la red la cruda verdad de este mundo de mierda. No pude contener esa coincidencia en mi mente. De alguna manera supe que ese hecho no era una casualidad, sino una causalidad a la que debía encontrar sentido. Aquel instante fue un chute más potente que cualquier pócima de mi druida, me puso más caliente que todas las virgos de Djtrann juntas, y sentí la necesidad de encontrar las páginas de esa carta por la que aquel viejo dio su vida. Pero no quería hacerlo en ese momento. La N-211 por la noche jamás fue una ruta segura para alguien como yo.

No voy a contarte cómo conseguí reunir la parte más importante de la carta que nunca se envió. Te basta saber que me costó todo un año después de que el viento la repartiera por todo el desierto. La versión oficial de esta historia es que logré posicionar mis emonews en el primer puesto de Madrid-superior durante más de tres meses seguidos, entrando en el Olimpo de los cibercronistas galardonados con un Topfox, gracias a un reportaje sobre cómo creció en todo el mundo la presencia de la orden Bhikku desde el fin de la gran guerra hasta nuestros días. Pero la verdad de todo esto es que al reunir la parte final de la carta encontré el sentido a la causalidad de aquel día. Necesité que el caos sacudiera de nuevo mi vida unos años más adelante para comprender ese sentido; ya te lo contaré en otra logicápsula. La cosa es que al principio sólo era capaz de rascar la capa más superficial de todo ese conocimiento. En las páginas únicamente veía símbolos antiguos que bailaban delante de mí hasta otro que parecía ser un nexo común a todos. El árbol de la  vida sumerio, el Jamsa cartaginés, el Ank egipcio, la Menorah judía, el Ichthys cristiano, el Wuivre celta, el Sol Negro

germánico, el Aegishjalmur nórdico, la Esvástica hinduista, la Piedra de Sol méxica.

Cada uno de los símbolos aparecía marcado como un estado o fase del Taijitu, o más conocido como el símbolo del yin y el yang. Ese símbolo era la clave de todo, y con cada página que leí fui comprendiendo que no se trataba de un simple símbolo adorado por la orden de los Bhikku, sino de algo más.  Algo vivo. Algo que ha acompañado a personajes clave de toda la historia de la humanidad. Desde Alejandro Magno, Genghis Khan, Napoleón o Hitler, a Buda, Jesucristo, Mahoma, Confucio, Aristóteles, Leonardo da Vinci, o Nikola Tesla.

Esa misma cara que tienes ahora mismo, como si mordieras un limón entero dentro de tu boca, es la que tuve yo durante mucho tiempo. Quería saber de qué iba todo eso que había en la carta. Necesitaba comprender qué era realmente el Taijitu, por qué había a lo largo y ancho del planeta unos grupos que lo perseguían y otros que lo protegían. Por qué habiendo tanta información nadie sabía qué era o de dónde venía. Y créeme. Después de esta logicápsula, ahora eres tú quien necesita saber más. Eres una cría hambrienta que frenéticamente abre el pico dentro del nido pidiéndome que te vomite mi verdad. Sé que eso te crilla. Tienes prisa por saberlo todo y hay mucho que asimilar. Paciencia pequeño pollo. Trata de no escupir ese limón que tienes en la boca. Mastícalo hasta hacerlo puré. Y si después aún sigues crillándote, no me mires a mí. La culpa la tiene aquel viejo que mataron los Old Marauders en la N-211. Busca su esqueleto en el desierto y escúpele ese puré con tu peor cara. Yo lo he hecho ya varias veces. Nunca me ha hecho sentir mejor, pero al menos he podido hacer espacio para meterme en la boca un nuevo limón que masticar, mientras vuelvo a esconderme en un agujero desde el que acechar como un perro cachondo.

<Nota de Zoro> conoce mi mundo y me conocerás. Conoce tu mundo y descubrirás una nueva verdad en el espacio que queda entre tu mundo y el mío.

Aquello clavó mis pies al polvo y de un solo golpe quemó mi corazón como una roñosa bujía de motor a combustión. Me sentí poseído, como uno de esos acólitos de los Big Book Boys, por conocer por qué estaban ahí esas palabras, las mismas que tatué en mi pecho años atrás cuando decidí convertirme en cibercronista, al lanzar al desierto las cenizas de mis padres, jurando vomitar en la red la cruda verdad de este mundo de mierda.

No pude contener esa coincidencia en mi mente. De alguna manera supe que ese hecho no era una casualidad, sino una causalidad a la que debía encontrar sentido. Aquel instante fue un chute más potente que cualquier pócima de mi druida, me puso más caliente que todas las virgos de Djtrann juntas, y sentí la necesidad de encontrar las páginas de esa carta por la que aquel viejo dio su vida. Pero no quería hacerlo en ese momento. La N-211 por la noche jamás fue una ruta segura para alguien como yo.

No voy a contarte cómo conseguí reunir la parte más importante de la carta que nunca se envió. Te basta saber que me costó todo un año después de que el viento la repartiera por todo el desierto.

La versión oficial de esta historia es que logré posicionar mis emonews en el primer puesto de Madrid-superior durante más de tres meses seguidos, entrando en el Olimpo de los cibercronistas galardonados con un Topfox, gracias a un reportaje sobre cómo creció en todo el mundo la presencia de la orden Bhikku desde el fin de la gran guerra hasta nuestros días. Pero la verdad de todo esto es que al reunir la parte final de la carta encontré el sentido a la causalidad de aquel día. Necesité que el caos sacudiera de nuevo mi vida unos años más adelante para comprender ese sentido; ya te lo contaré en otra logicápsula.

La cosa es que al principio sólo era capaz de rascar la capa más superficial de todo ese conocimiento. En las páginas únicamente veía símbolos antiguos que bailaban delante de mí hasta otro que parecía ser un nexo común a todos. El árbol de la  vida sumerio, el Jamsa cartaginés, el Ank egipcio, la Menorah judía, el Ichthys cristiano, el Wuivre celta, el Sol Negro germánico, el Aegishjalmur nórdico, la Esvástica hinduista, la Piedra de Sol méxica.

Cada uno de los símbolos aparecía marcado como un estado o fase del Taijitu, o más conocido como el símbolo del yin y el yang. Ese símbolo era la clave de todo, y con cada página que leí fui comprendiendo que no se trataba de un simple símbolo adorado por la orden de los Bhikku, sino de algo más.  Algo vivo. Algo que ha acompañado a personajes clave de toda la historia de la humanidad. Desde Alejandro Magno, Genghis Khan, Napoleón o Hitler, a Buda, Jesucristo, Mahoma, Confucio, Aristóteles, Leonardo da Vinci, o Nikola Tesla.

Esa misma cara que tienes ahora mismo, como si mordieras un limón entero dentro de tu boca, es la que tuve yo durante mucho tiempo. Quería saber de qué iba todo eso que había en la carta.

Necesitaba comprender qué era realmente el Taijitu, por qué había a lo largo y ancho del planeta unos grupos que lo perseguían y otros que lo protegían. Por qué habiendo tanta información nadie sabía qué era o de dónde venía. Y créeme. Después de esta logicápsula, ahora eres tú quien necesita saber más.

Eres una cría hambrienta que frenéticamente abre el pico dentro del nido pidiéndome que te vomite mi verdad. Sé que eso te crilla. Tienes prisa por saberlo todo y hay mucho que asimilar. Paciencia pequeño pollo. Trata de no escupir ese limón que tienes en la boca. Mastícalo hasta hacerlo puré. Y si después aún sigues crillándote, no me mires a mí.

La culpa la tiene aquel viejo que mataron los Old Marauders en la N-211. Busca su esqueleto en el desierto y escúpele ese puré con tu peor cara. Yo lo he hecho ya varias veces. Nunca me ha hecho sentir mejor, pero al menos he podido hacer espacio para meterme en la boca un nuevo limón que masticar, mientras vuelvo a esconderme en un agujero desde el que acechar como un perro cachondo.

<Nota de Zoro> conoce mi mundo y me conocerás. Conoce tu mundo y descubrirás una nueva verdad en el espacio que queda entre tu mundo y el mío.

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