La carta que nunca se envió

logicapsula 1.2

—¿Quieres quemar toda mi paciencia sin leer una sola letra? Comienza a leer eso ya o te reviento la cara ahora mismo.

Roi tosió y suspiró.

—La carta que prometo enviaros, por Roi Armando Cortés para la sagrada orden Bhikku.

—Joder, Roi. ¿Una carta con título y todo? —El jefe husmeó  alrededor, agachándose a su altura para mirar la primera hoja—. ¿Y con ese tamaño de letra? ¡Pero si no puedes verla de lo pequeña que es! ¿Quieres leernos todo eso? —Roi balbuceó intentando responder algo—. ¿Qué dices, viejo?

—La escribo desde hace mucho tiempo. Es mi legado. No tengo nada más. Nada. Y necesito que se la entreguéis a la gran Bhikshuni sin falta. El conocimiento que hay aquí es fundamental para la orden Bhikku.

—¿Tú nos ves uniforme de repartidor, Roi? Yo que pensaba que ahí llevabas algo la hostia de interesante. Y resulta que son mierdas religiosas.

—Prometedme que vais a entregar esta carta. Es lo único que os pido.

—¿Lo único? Ya has querido leernos ese tocho de folios, abuelo —El jefe dio una vuelta sobre sí mismo, nervioso, como un perro que quiere olerse el culo antes de ladrar—. ¿Tienes los huevos de hacernos prometerte nada? ¿Quién tiene la fok MK cargada delante de tus narices, Roi? Estás jodiéndonos la tarde y tenemos mucho lío —Con un gesto de la mano derecha del jefe, dos de los suyos sujetaron fuertemente los brazos de Roi y, con un rápido movimiento de cuchillo,

le seccionaron las venas de las muñecas—. Ése es todo el tiempo que te doy para leerme esa mierda, viejo.

Roi volvió a retorcerse de dolor cruzando las manos para agarrarse las muñecas con las palmas de la mano, mientras impedía que el viento se llevase las hojas de su carta poniendo encima su codo izquierdo. Intentaba no mancharlas con la sangre que salía a borbotones de sus muñecas.

—Vamos, abuelo. Sabías cómo iba a acabar esto.  Tú me has pedido un último deseo y yo te lo estoy concediendo —Mientras los otros OM’s terminaban de revisar un cargamento que les parecía inservible, el jefe cogió una de las cajas del jeep para sentarse frente a Roi. Colocó la MK en su espalda, sacó un viejo revólver, y lanzó un suspiro cargado de resignación—. No puedo hacer excepciones en nuestro territorio. Lo entiendes ¿no? —Se rascó el mentón con el cañón, apuntó con él a Roi en la cabeza, y le puso entre las manos el taco de folios—. Ponte a leer ya. No te queda mucho tiempo.

Roi movió de nuevo las flemas de su garganta con una larga gárgara. Secó sus lágrimas con la manga de su antebrazo derecho y  se resignó mirando el charco de sangre que comenzaba a formarse sobre la arena del suelo.

—Comienzo a escribir esta carta con la esperanza de que mi vida dure el tiempo suficiente para cumplir la misión que me encomendaron en la torre Bhikku de Madrid. Debo viajar por todo el planeta recolectando en estas páginas cualquier información que encuentre sobre los dos Qì del Taijitu, y entregársela a la gran Bhikshuni. Ella me dijo que permanecerá en la torre hasta saber de mí. Así que cuando llegue el momento, si no soy yo mismo quien entregue estos papeles en mano se lo encargaré a alguien de confianza.

—¿Quieres quemar toda mi paciencia sin leer una sola letra? Comienza a leer eso ya o te reviento la cara ahora mismo.

Roi tosió y suspiró.

—La carta que prometo enviaros, por Roi Armando Cortés para la sagrada orden Bhikku.

—Joder, Roi. ¿Una carta con título y todo? —El jefe husmeó  alrededor, agachándose a su altura para mirar la primera hoja—. ¿Y con ese tamaño de letra? ¡Pero si no puedes verla de lo pequeña que es! ¿Quieres leernos todo eso? —Roi balbuceó intentando responder algo—. ¿Qué dices, viejo?

—La escribo desde hace mucho tiempo. Es mi legado. No tengo nada más. Nada. Y necesito que se la entreguéis a la gran Bhikshuni sin falta. El conocimiento que hay aquí es fundamental para la orden Bhikku.

—¿Tú nos ves uniforme de repartidor, Roi? Yo que pensaba que ahí llevabas algo la hostia de interesante. Y resulta que son mierdas religiosas.

—Prometedme que vais a entregar esta carta. Es lo único que os pido.

—¿Lo único? Ya has querido leernos ese tocho de folios, abuelo.

El jefe dio una vuelta sobre sí mismo, nervioso, como un perro que quiere olerse el culo antes de ladrar.

—¿Tienes los huevos de hacernos prometerte nada? ¿Quién tiene la fok MK cargada delante de tus narices, Roi? Estás jodiéndonos la tarde y tenemos mucho lío.

Con un gesto de la mano derecha del jefe, dos de los suyos sujetaron fuertemente los brazos de Roi y, con un rápido movimiento de cuchillo, le seccionaron las venas de las muñecas.

—Ése es todo el tiempo que te doy para leerme esa mierda, viejo.

Roi volvió a retorcerse de dolor cruzando las manos para agarrarse las muñecas con las palmas de la mano, mientras impedía que el viento se llevase las hojas de su carta poniendo encima su codo izquierdo. Intentaba no mancharlas con la sangre que salía a borbotones de sus muñecas.

—Vamos, abuelo. Sabías cómo iba a acabar esto.  Tú me has pedido un último deseo y yo te lo estoy concediendo.

Mientras los otros OM’s terminaban de revisar un cargamento que les parecía inservible, el jefe cogió una de las cajas del jeep para sentarse frente a Roi. Colocó la MK en su espalda, sacó un viejo revólver, y lanzó un suspiro cargado de resignación.

—No puedo hacer excepciones en nuestro territorio. Lo entiendes ¿no? —Se rascó el mentón con el cañón, apuntó con él a Roi en la cabeza, y le puso entre las manos el taco de folios—. Ponte a leer ya. No te queda mucho tiempo.

Roi movió de nuevo las flemas de su garganta con una larga gárgara. Secó sus lágrimas con la manga de su antebrazo derecho y  se resignó mirando el charco de sangre que comenzaba a formarse sobre la arena del suelo.

—Comienzo a escribir esta carta con la esperanza de que mi vida dure el tiempo suficiente para cumplir la misión que me encomendaron en la torre Bhikku de Madrid. Debo viajar por todo el planeta recolectando en estas páginas cualquier información que encuentre sobre los dos Qì del Taijitu, y entregársela a la gran Bhikshuni. Ella me dijo que permanecerá en la torre hasta saber de mí. Así que cuando llegue el momento, si no soy yo mismo quien entregue estos papeles en mano se lo encargaré a alguien de confianza.

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