Libro primero — El día más largo

logicapsula 8.2

Soy consciente de ser un cúmulo de venas hinchadas y carne erecta que está siendo manipulada. Pero no me importa. Rayka es la única esquirla de esperanza clavada en mí durante uno de los días más oscuros de mi vida, y no quiero perder la oportunidad de que haga lo que quiera conmigo.

—He pedido a Beth que nos acompañe con su moto porque la cosa está caliente. Alguien está ofreciendo mucho geld a las bandas de la cloaka por pillar a Isha, pero es a la cosa a la que quieren. La niña no es más que un estorbo para esta gente. Zoro, si no la encontramos nosotras primero, van a matarla.

Asiento con la cabeza a todo lo que Rayka me dice, como un buen niño de primaria que espera recibir su premio. Continúo hechizado por ella hasta que me despierta con un enérgico chasquido.

—Espabila, Adonis.

Abandonamos la bodega para salir al reservado de la parte trasera subiendo por otro túnel, también iluminado con un largo neón de luz negra en el techo. A la salida nos encontramos con Beth, subida en su moto rosa al lado de la de Rayka. En un silencioso minuto estamos en ruta sobre el asfalto del sector B-1, en dirección al estadio “glorioso Bernabéu”, una enseña de la vieja Madrid convertida hoy en un emblema de la potente economía árabe. Nos detenemos en una de las alcantarillas del paseo de La Castellana. Rayka tiene proyectada en su retina la localización exacta de Isha, y me hace señas para que me acerque. Me bajo rápidamente de la moto y le llamo a voces diciéndole quién soy, que sé que han matado a sus padres y que van tras ella. Rayka y Beth me ayudan comentándole que somos las únicas personas que podemos ayudarle a escapar. Al momento su cabeza asoma por uno de los huecos que hay en la maltrecha acera que conectan con el alcantarillado.

—¿Aún nos siguen? —Mi corazón da un vuelco de alegría al escucharla.

Rayka se acerca con la moto y le tiende la mano.

—Súbete a la moto de mi amiga Beth, cariño —La pequeña duda un instante—. Nena, date prisa o van a jodernos a base de bien.

—Tranquilo, son aliados, nos están ayudando a escapar —Isha habla a Vektor mientras termina de escalar la parte superior de la alcantarilla con la ayuda de Rayka. La criatura, que se sujeta en la espalda de Isha en forma de mochila, echa chispas esporádicamente de la parte central hacia afuera—. Tiene algo roto y no puede repararse solo. Me ha dicho que necesita que alguien le ayude a arreglarse.

—Igual Pier sabe de estas cosas —Beth le ayuda a subir a su moto— El pavo es tecnomecha, tú sabes, chispas y placas. Vamos, agárrate fuerte ¿eh?

Rayka me hace señas para que me suba a la moto.

—Rápido, Beth. Nos separamos y nos encontramos en el taller de Pier. Tú pilla callejones y yo atraeré toda la atención que pueda en la M-80 para despejarte el camino, ¿vale?

El rugido de la moto bajo nuestras piernas es de nuevo mi excusa para abrazarme fuerte a la cintura de Rayka y oler sus rastas, pero esta vez no puedo sonreír; Isha, agarrada a la espalda de Beth, se aleja de mi vista con un rápido giro sin que la tristeza abandone su rostro. Durante las primeras curvas del trayecto vibra en mí la angustia en la que me hundió la muerte de Marc, y que Isha me recuerda con tanta fuerza.

Soy consciente de ser un cúmulo de venas hinchadas y carne erecta que está siendo manipulada. Pero no me importa. Rayka es la única esquirla de esperanza clavada en mí durante uno de los días más oscuros de mi vida, y no quiero perder la oportunidad de que haga lo que quiera conmigo.

—He pedido a Beth que nos acompañe con su moto porque la cosa está caliente. Alguien está ofreciendo mucho geld a las bandas de la cloaka por pillar a Isha, pero es a la cosa a la que quieren. La niña no es más que un estorbo para esta gente. Zoro, si no la encontramos nosotras primero, van a matarla.

Asiento con la cabeza a todo lo que Rayka me dice, como un buen niño de primaria que espera recibir su premio. Continúo hechizado por ella hasta que me despierta con un enérgico chasquido.

—Espabila, Adonis.

Abandonamos la bodega para salir al reservado de la parte trasera subiendo por otro túnel, también iluminado con un largo neón de luz negra en el techo. A la salida nos encontramos con Beth, subida en su moto rosa al lado de la de Rayka. En un silencioso minuto estamos en ruta sobre el asfalto del sector B-1, en dirección al estadio “glorioso Bernabéu”, una enseña de la vieja Madrid convertida hoy en un emblema de la potente economía árabe.

Nos detenemos en una de las alcantarillas del paseo de La Castellana. Rayka tiene proyectada en su retina la localización exacta de Isha, y me hace señas para que me acerque. Me bajo rápidamente de la moto y le llamo a voces diciéndole quién soy, que sé que han matado a sus padres y que van tras ella. Rayka y Beth me ayudan comentándole que somos las únicas personas que podemos ayudarle a escapar. Al momento su cabeza asoma por uno de los huecos que hay en la maltrecha acera que conectan con el alcantarillado.

—¿Aún nos siguen? —Mi corazón da un vuelco de alegría al escucharla.

Rayka se acerca con la moto y le tiende la mano.

—Súbete a la moto de mi amiga Beth, cariño —La pequeña duda un instante—. Nena, date prisa o van a jodernos a base de bien.

—Tranquilo, son aliados, nos están ayudando a escapar —Isha habla a Vektor mientras termina de escalar la parte superior de la alcantarilla con la ayuda de Rayka. La criatura, que se sujeta en la espalda de Isha en forma de mochila, echa chispas esporádicamente de la parte central hacia afuera—. Tiene algo roto y no puede repararse solo. Me ha dicho que necesita que alguien le ayude a arreglarse.

—Igual Pier sabe de estas cosas —Beth le ayuda a subir a su moto— El pavo es tecnomecha, tú sabes, chispas y placas. Vamos, agárrate fuerte ¿eh?

Rayka me hace señas para que me suba a la moto.

—Rápido, Beth. Nos separamos y nos encontramos en el taller de Pier. Tú pilla callejones y yo atraeré toda la atención que pueda en la M-80 para despejarte el camino, ¿vale?

El rugido de la moto bajo nuestras piernas es de nuevo mi excusa para abrazarme fuerte a la cintura de Rayka y oler sus rastas, pero esta vez no puedo sonreír; Isha, agarrada a la espalda de Beth, se aleja de mi vista con un rápido giro sin que la tristeza abandone su rostro. Durante las primeras curvas del trayecto vibra en mí la angustia en la que me hundió la muerte de Marc, y que Isha me recuerda con tanta fuerza.

El día más largo — Parte 06 | 2 de 2

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