Libro primero — El día más largo

logicapsula 8.1

De nuevo mis vísceras se revuelven, pero en ese momento decido no contenerme. Admito que estoy indignado. La inercia de los últimos años de mi vida intenta atraerme a mi zona de confort con pensamientos fugaces. «Hay miles de niños más sufriendo en la cloaka», «Implicarse no es profesional», «Es una buena crónica, nada más». Descubro cómo en mis labios se dibuja media sonrisa al ignorarlos. La misma que cuando descubres el truco de la ilusión del mago. Por fin reconozco mi jaula. Sólo me queda limar los barrotes.

Me levanto y entro en el office buscando a Rayka. Me sorprendo al verla esperándome con la espalda apoyada en una pared del despacho.

—Necesitas ayuda, y acabo de encontrarte la mejor —Su voz es el único sonido que se escucha en las insonorizadas paredes del office: un lascivo canto de sirena que trae la mejor de las noticias.

Rayka se sienta en la silla del escritorio central y aprieta con el pie un mecanismo que abre una entrada oculta situada detrás de ella, en una de las paredes de madera sintética. Se levanta y me hace un gesto con la cabeza para que le siga a través de un estrecho túnel iluminado con un neón de luz negra a lo largo del techo, que nos conduce cuesta abajo entre grafitis fluorescentes hasta una gran bodega. En silencio, entramos en una oficina que hay a un lado; una sala de paredes metálicas llena de antiguas computadoras conectadas con viejos cables de cobre a un generador de gasóleo. Una terminal de última generación forma un curioso clúster que nunca había visto. Sin duda, se trata del centro de operaciones al que Rayka se ha referido alguna vez como “Exégesis”.

—Escucha, sé dónde está la niña que buscas —Por unos segundos clavo mi mirada en la suya manteniendo cara de póker. Quiero dar un grito de alegría, pero mi mente paranoica me pone en estado de alerta.

—¿Que sabes dónde está? —Estoy tan sorprendido que ignoro su aroma a cereza—. ¿Cómo lo sabes, Rayka? No juegues conmigo y dime la verdad.

—Para averiguarlo he roto la promesa que hice a un buen amigo mío —Sus palabras acarician de nuevo mis oídos.

—¿Amigo? ¿Qué clase de amigo?

—Uno al que prometí no buscarle. Siempre es él quien se pone en contacto conmigo. Se ha crillado como un perro cuando le he encontrado.

—¿Pero quién es? —Mi inseguridad personal hace que me tambalee.

—Eh, céntrate, nene —Rayka caza al vuelo mi celo. Me conoce mejor que yo mismo—. No seas rancio o te saco a patadas, ¿captas? Este pavo es un fast. Entra y sale de Exégesis cuando quiere, así que puedes hacerte a la idea de su nivel. Controla todo lo que pasa en la cloaka. Y se ha portado, nene, se ha portado.

Suspiro tranquilo y asiento con la cabeza.

—Por lo visto la mascota de tu niña deja un rastro por donde pasa. Afecta a la lectura del alumbrado eléctrico. Y nene, si la están buscando van a terminar encontrando ese rastro. Tenemos que ir a por ella ya. Está en alguna parte de la Castellana, cerca del estadio de fútbol.

—Gracias, Rayka. Gracias.

—Estás en deuda conmigo, y espero que esta noche me pagues en especie —Sólo puedo sonreír como lo hace un adolescente perdidamente enamorado. Rayka acaricia de nuevo mi mejilla y pega sus labios en los míos. El tiempo se detiene mientras su lengua cálida danza dentro de mi boca y dirige mi mano deslizándola entre el calor de sus muslos. En el momento en que mi pensamiento desaparece, Rayka se aleja repentinamente con una sonrisa provocativa en su boca —Calma, vaquero. Ahora tenemos trabajo que hacer.

De nuevo mis vísceras se revuelven, pero en ese momento decido no contenerme. Admito que estoy indignado. La inercia de los últimos años de mi vida intenta atraerme a mi zona de confort con pensamientos fugaces. «Hay miles de niños más sufriendo en la cloaka», «Implicarse no es profesional», «Es una buena crónica, nada más».

Descubro cómo en mis labios se dibuja media sonrisa al ignorarlos. La misma que cuando descubres el truco de la ilusión del mago. Por fin reconozco mi jaula. Sólo me queda limar los barrotes.

Me levanto y entro en el office buscando a Rayka. Me sorprendo al verla esperándome con la espalda apoyada en una pared del despacho.

—Necesitas ayuda, y acabo de encontrarte la mejor —Su voz es el único sonido que se escucha en las insonorizadas paredes del office: un lascivo canto de sirena que trae la mejor de las noticias.

Rayka se sienta en la silla del escritorio central y aprieta con el pie un mecanismo que abre una entrada oculta situada detrás de ella, en una de las paredes de madera sintética. Se levanta y me hace un gesto con la cabeza para que le siga a través de un estrecho túnel iluminado con un neón de luz negra a lo largo del techo, que nos conduce cuesta abajo entre grafitis fluorescentes hasta una gran bodega.

En silencio, entramos en una oficina que hay a un lado; una sala de paredes metálicas llena de antiguas computadoras conectadas con viejos cables de cobre a un generador de gasóleo. Una terminal de última generación forma un curioso clúster que nunca había visto. Sin duda, se trata del centro de operaciones al que Rayka se ha referido alguna vez como “Exégesis”.

—Escucha, sé dónde está la niña que buscas —Por unos segundos clavo mi mirada en la suya manteniendo cara de póker. Quiero dar un grito de alegría, pero mi mente paranoica me pone en estado de alerta.

—¿Que sabes dónde está? —Estoy tan sorprendido que ignoro su aroma a cereza—. ¿Cómo lo sabes, Rayka? No juegues conmigo y dime la verdad.

—Para averiguarlo he roto la promesa que hice a un buen amigo mío —Sus palabras acarician de nuevo mis oídos.

—¿Amigo? ¿Qué clase de amigo?

—Uno al que prometí no buscarle. Siempre es él quien se pone en contacto conmigo. Se ha crillado como un perro cuando le he encontrado.

—¿Pero quién es? —Mi inseguridad personal hace que me tambalee.

—Eh, céntrate, nene —Rayka caza al vuelo mi celo. Me conoce mejor que yo mismo—. No seas rancio o te saco a patadas, ¿captas? Este pavo es un fast. Entra y sale de Exégesis cuando quiere, así que puedes hacerte a la idea de su nivel. Controla todo lo que pasa en la cloaka. Y se ha portado, nene, se ha portado.

Suspiro tranquilo y asiento con la cabeza.

—Por lo visto la mascota de tu niña deja un rastro por donde pasa. Afecta a la lectura del alumbrado eléctrico. Y nene, si la están buscando van a terminar encontrando ese rastro. Tenemos que ir a por ella ya. Está en alguna parte de la Castellana, cerca del estadio de fútbol.

—Gracias, Rayka. Gracias.

—Estás en deuda conmigo, y espero que esta noche me pagues en especie —Sólo puedo sonreír como lo hace un adolescente perdidamente enamorado. Rayka acaricia de nuevo mi mejilla y pega sus labios en los míos. El tiempo se detiene mientras su lengua cálida danza dentro de mi boca y dirige mi mano deslizándola entre el calor de sus muslos.

En el momento en que mi pensamiento desaparece, Rayka se aleja repentinamente con una sonrisa provocativa en su boca —Calma, vaquero. Ahora tenemos trabajo que hacer.

El día más largo — Parte 06| 1 de 2

Pág. Siguiente>

1 de 2

Suscríbete y lee cada capítulo nuevo.

Si te ha gustado comparte