Libro primero — El día más largo

logicapsula 7.1

Rayka aparca su moto blanca en un acceso privado situado en la trasera del Black Rose, donde la luz de los neones de fuera se retuercen en una orgía de colores antes de desaparecer entre las sombras de unos gorilas rusos, que vigilan una puerta de servicio con la actitud de un perro callejero que mea en una esquina marcando su territorio.

—Qué onda, ruskys —Rayka me hace una seña con la cabeza para que le siga cuando los gorilas abren la puerta.

Nos adentrarnos en un laberinto de pasillos hasta entrar en la sala central a través de un pesado portón metálico, vigilado por otra panda de gigantescos rusos, para sentamos inmediatamente en la esquina oscura que desde el día que hice el reportaje del Black Rose es mi sitio VIP —un hueco de la pared, con una mesa y un sillón para dos personas, perfecto para observar sin ser visto. Para mí es un negocio redondo—. Mientras reviso el material del CRV, Rayka me sirve un Torombolo y desaparece tras la puerta del office, situada entre el portón metálico y la barra central. El sabor de la piña se desliza por mi garganta al tiempo que rastreo las imágenes con rapidez: Isha —cubierta de sangre casi por completo— entrando aterrorizada y buscando refugio en los veinticinco metros cuadrados que son su casa, Isha impidiendo que la cosa ataque a sus padres aclarándole 

que son aliados, los padres alarmados bañando a Isha bajo la atenta mirada de la cosa, Isha sentada sobre el colchón de la esquina —que es su cama—  conectando entre lágrimas su laptop a la cosa, los preocupados padres hablando entre ellos —sentados en unas viejas sillas al lado de la esquina que hace de cocina— sin quitar ojo a la criatura en su forma de misteriosa mochila negra. Entonces me detengo al ver a Isha tratando con cariño a la criatura, buscándole un nombre. “Robot”, “Pulpo”, “Bicho”. Isha tuerce la cabeza y lee la pantalla. “¿Vektor?”. Así se llama la cosa: Vektor. Escribe que viene para Isha y por Isha. Vibra sutilmente y cambia su forma, copiando la silueta de un oso de peluche que está sobre el colchón. Es todo lo que hace falta para que ella le abrace desconsolada. Busco a tientas mi Torombolo. Lo termino de un solo trago y me centro en la grabación al ver a Vektor colocarse otra vez como una mochila en la espalda de Isha, con un movimiento violentamente veloz. Uno de sus sensores le avisa de varios cambios de peso en el suelo del pasillo, que desde las escaleras del edificio lleva a la puerta del piso. Son cinco posiciones que se acercan con un movimiento clasificado por su I.A. como “amenaza sigilosa”. Son ellos de nuevo: los P. Mouth Los padres de Isha no se enteran de la jugada. Se colocan frente a ella e intentan convencerle de que se aleje de la cosa. Están muy asustados porque no comprenden qué es Vektor.

Rayka aparca su moto blanca en un acceso privado situado en la trasera del Black Rose, donde la luz de los neones de fuera se retuercen en una orgía de colores antes de desaparecer entre las sombras de unos gorilas rusos, que vigilan una puerta de servicio con la actitud de un perro callejero que mea en una esquina marcando su territorio.

—Qué onda, ruskys —Rayka me hace una seña con la cabeza para que le siga cuando los gorilas abren la puerta.

Nos adentrarnos en un laberinto de pasillos hasta entrar en la sala central a través de un pesado portón metálico, vigilado por otra panda de gigantescos rusos, para sentamos inmediatamente en la esquina oscura que desde el día que hice el reportaje del Black Rose es mi sitio VIP —un hueco de la pared, con una mesa y un sillón para dos personas, perfecto para observar sin ser visto. Para mí es un negocio redondo—.

Mientras reviso el material del CRV, Rayka me sirve un Torombolo y desaparece tras la puerta del office, situada entre el portón metálico y la barra central. El sabor de la piña se desliza por mi garganta al tiempo que rastreo las imágenes con rapidez:

Isha —cubierta de sangre casi por completo— entrando aterrorizada y buscando refugio en los veinticinco metros cuadrados que son su casa, Isha impidiendo que la cosa ataque a sus padres aclarándole que son aliados, los padres alarmados bañando a Isha bajo la atenta mirada de la cosa, Isha sentada sobre el colchón de la esquina —que es su cama—  conectando entre lágrimas su laptop a la cosa, los preocupados padres hablando entre ellos —sentados en unas viejas sillas al lado de la esquina que hace de cocina— sin quitar ojo a la criatura en su forma de misteriosa mochila negra.

Entonces me detengo al ver a Isha tratando con cariño a la criatura, buscándole un nombre. “Robot”, “Pulpo”, “Bicho”. Isha tuerce la cabeza y lee la pantalla. “¿Vektor?”. Así se llama la cosa: Vektor. Escribe que viene para Isha y por Isha. Vibra sutilmente y cambia su forma, copiando la silueta de un oso de peluche que está sobre el colchón. Es todo lo que hace falta para que ella le abrace desconsolada.

Busco a tientas mi Torombolo. Lo termino de un solo trago y me centro en la grabación al ver a Vektor colocarse otra vez como una mochila en la espalda de Isha, con un movimiento violentamente veloz. Uno de sus sensores le avisa de varios cambios de peso en el suelo del pasillo, que desde las escaleras del edificio lleva a la puerta del piso.

Son cinco posiciones que se acercan con un movimiento clasificado por su I.A. como “amenaza sigilosa”. Son ellos de nuevo: los P. Mouth. Los padres de Isha no se enteran de la jugada. Se colocan frente a ella e intentan convencerle de que se aleje de la cosa. Están muy asustados porque no comprenden qué es Vektor.

El día más largo — Parte 05 | 1 de 3

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