Libro primero — El día más largo

logicapsula 6.2

Es Rayka, una de las actuales dueñas del Black Rose. Se ha agachado para acariciarme una mejilla —hace unos meses acepté, a cambio de ser un cliente VIP, entrevistarle a ella y a sus tres socias para hacer un reportaje del garito que dirigen; lo más fast de la Cloaka—. Rayka me soba el pelo y me sujeta la barbilla para mirarnos en silencio mientras mis lágrimas abren un surco en mi cara. Me saca de la tetería explicándome que ese negocio es suyo, y que es donde el Black Rose recompra los exclusivos tés de la torre Bhikku. A cambio de ese secreto yo le cuento el mío. Borracho de sinceridad le desvelo toda la info que tengo acerca de Isha, y le digo que necesito visitar la casa de la niña para buscar más pistas sobre su paradero, porque pienso seguirle el rastro hasta encontrarle. Le digo que voy a hacer lo que haga falta para proteger y ayudar a Isha. No más propósitos que me conducen a una vida estéril. No más sueños preñados de mentiras. Conocer qué es lo que está ocurriendo realmente y hacérselo saber a todo el mundo sin buscar nada a cambio es el billete que me lleva a esa vida auténtica de la que siempre he huido por puro miedo.

Rayka sonríe y me acaricia de nuevo una mejilla. Me ofrece el asiento trasero de su moto y me lleva hasta la calle Melancolía, donde los vecinos se manifiestan contra el ayuntamiento —por lo visto envió demasiado tarde al cuerpo de bomberos para apagar el incendio provocado por el ataque a la casa de Isha, y eso hizo que toda la manzana se viera afectada—.

Rayka y yo aprovechamos el alboroto para colarnos en el edificio y subir hasta el piso de Isha, en la última planta. En cuanto entramos, atravesando las holocintas de la policía y salvando los escasos muebles reducidos a cenizas negras, coloco el CRV en medio del apartamento y lo activo tras configurarlo bajo la atenta mirada de Rayka. Mientras esperamos a grabar los datos de la noche del incendio nos fumamos tranquilamente un Two-shots, hasta que el bullicio de los vecinos nos alerta. Un dron de la policía sobrevuela a los manifestantes en dirección al apartamento, esquivando las piedras que le lanzan desde todos lados. Rayka y yo bajamos las escaleras a la carrera y nos subimos a la moto mezclándonos entre la gente, justo en el momento en que varios drones de la policía entran en la calle, flotando a diferentes alturas con las luces de las sirenas encendidas. Entre el alboroto de la calle le grito que estoy seguro de que la policía ha rastreado la señal de mi CRV, y que tenemos que salir de ahí lo más rápido posible antes de que nos tiquen, porque acabarán identificándonos con el aparato de rastreo que llevan los drones. Rayka no se lo piensa y arranca la moto. Bastan dos potentes acelerones para que la gente nos abra un pasillo y salgamos con el motor rugiendo bajo nuestras piernas. Durante la carrera entre callejas, esquivando el tráfico de las avenidas y las bocacalles que las atraviesan, abrazo la cintura de Rayka y apoyo mi cabeza en sus largas rastas blancas. Suspiro relajado inhalando su aroma a gel de cereza mientras recuerdo la última noche que estuvimos juntos. Y por un instante, abrazado a Rayka sobre su moto, soy alguien feliz.

Es Rayka, una de las actuales dueñas del Black Rose. Se ha agachado para acariciarme una mejilla —hace unos meses acepté, a cambio de ser un cliente VIP, entrevistarle a ella y a sus tres socias para hacer un reportaje del garito que dirigen; lo más fast de la Cloaka—.

Rayka me soba el pelo y me sujeta la barbilla para mirarnos en silencio mientras mis lágrimas abren un surco en mi cara. Me saca de la tetería explicándome que ese negocio es suyo, y que es donde el Black Rose recompra los exclusivos tés de la torre Bhikku. A cambio de ese secreto yo le cuento el mío.

Borracho de sinceridad le desvelo toda la info que tengo acerca de Isha, y le digo que necesito visitar la casa de la niña para buscar más pistas sobre su paradero, porque pienso seguirle el rastro hasta encontrarle. Le digo que voy a hacer lo que haga falta para proteger y ayudar a Isha. No más propósitos que me conducen a una vida estéril. No más sueños preñados de mentiras. Conocer qué es lo que está ocurriendo realmente y hacérselo saber a todo el mundo sin buscar nada a cambio es el billete que me lleva a esa vida auténtica de la que siempre he huido por puro miedo.

Rayka sonríe y me acaricia de nuevo una mejilla. Me ofrece el asiento trasero de su moto y me lleva hasta la calle Melancolía, donde los vecinos se manifiestan contra el ayuntamiento —por lo visto envió demasiado tarde al cuerpo de bomberos para apagar el incendio provocado por el ataque a la casa de Isha, y eso hizo que toda la manzana se viera afectada—.

Rayka y yo aprovechamos el alboroto para colarnos en el edificio y subir hasta el piso de Isha, en la última planta. En cuanto entramos, atravesando las holocintas de la policía y salvando los escasos muebles reducidos a cenizas negras, coloco el CRV en medio del apartamento y lo activo tras configurarlo bajo la atenta mirada de Rayka.

Mientras esperamos a grabar los datos de la noche del incendio nos fumamos tranquilamente un Two-shots, hasta que el bullicio de los vecinos nos alerta. Un dron de la policía sobrevuela a los manifestantes en dirección al apartamento, esquivando las piedras que le lanzan desde todos lados.

Rayka y yo bajamos las escaleras a la carrera y nos subimos a la moto mezclándonos entre la gente, justo en el momento en que varios drones de la policía entran en la calle, flotando a diferentes alturas con las luces de las sirenas encendidas.

Entre el alboroto de la calle le grito que estoy seguro de que la policía ha rastreado la señal de mi CRV, y que tenemos que salir de ahí lo más rápido posible antes de que nos tiquen, porque acabarán identificándonos con el aparato de rastreo que llevan los drones. Rayka no se lo piensa y arranca la moto.

Bastan dos potentes acelerones para que la gente nos abra un pasillo y salgamos con el motor rugiendo bajo nuestras piernas. Durante la carrera entre callejas, esquivando el tráfico de las avenidas y las bocacalles que las atraviesan, abrazo la cintura de Rayka y apoyo mi cabeza en sus largas rastas blancas.

Suspiro relajado inhalando su aroma a gel de cereza mientras recuerdo la última noche que estuvimos juntos. Y por un instante, abrazado a Rayka sobre su moto, soy alguien feliz.

El día más largo — Parte 04 | 2 de 2

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