Libro primero — El día más largo

logicapsula 6.1

No sé reaccionar cuando termino de ver la grabación. Un torrente de sentimientos encontrados me mantienen pegado a la butaca mientras el bio-sándwich de tomate se revuelve en mi estómago. De nuevo me acerco al abismo en el que mi esencia se convulsiona, pero esta vez no está oscuro; Sasha y Abdhul aparecen ante mí muertos entre la basura, mientras Isha no para de llorar. Y entonces, como un resorte, salta a mi pensamiento el recuerdo reprimido muchos años atrás, que fue el motor de mi huida del B-3: el día en que mataron a  mi amigo Marc delante de mi casa, cuando tenía trece años. La sensación de vulnerabilidad que oculté en el recuerdo explota como una piñata en fiestas. Rompo a llorar y mi jaula dorada comienza a derretirse como el hielo de una copa abandonada para ver la mugrosa realidad de la que llevo años escapando. Ahí comienza la catarsis del día más largo de mi vida, con la imagen de Isha bañada en sangre abandonando a la carrera a sus amigos muertos, y el recuerdo de mis padres resignados ante el solitario cadáver de Marc, mientras yo juraba marcharme de allí para no regresar jamás. Ver a la pequeña Isha sola, corriendo ensangrentada y aterrorizada en medio de montañas de basura, enciende la angustia que me dominó cuando comprendí que yo no podía hacer nada por que Marc regresara.

En un segundo consigo evaluar razonadamente que en aquella época era un niño sin capacidad para impedir una situación injusta como aquella, pero que en ese momento soy un adulto que lleva muchos años resistiéndose a admitir que es totalmente capaz. De la angustia emerge la ira, y de la ira el escarnio de mi mente, escupiéndome la fantasía de mis aspiraciones; lujo, fiestas, carcajadas vacías de

amigos falsos, abundantes banquetes de comida orgánica, mujeres desconocidas retozando en mi cama, premios tan brillantes como los reflejos de la luz sobre las sábanas de seda, edificios imponentes tan limpios y ordenados como la M-80… La asepsia de una vida inventada se deshace ante la mugre de una realidad que me golpea, y hace vibrar lo único verdadero en mí; El caos, una fuerza que siempre ha tratado de redimirme. Resuena ahora en mis pensamientos como una furiosa sinfonía, cantándome con la fuerza de mil voces que el control no existe, que la vida es un tornado que te arranca de tus deseos y te arrastra violentamente hasta un destino que jamás imaginaste. No puedo contener la emoción y lloro sin consuelo, como un recién nacido escupido del sangrante útero de su madre para caer en el polvo de este mundo infernal. Con cada sollozo me libero de un yugo construido cada día, desde que huí del sector B-3, con deseos y pretensiones de una vida irreal. Mi recuerdo de Marc se fusiona con la imagen de Isha, y de ahí emerge un código que se carga en mi cerebro deteniendo mi llanto. Simple, conciso, exacto. Un bug de ciclo infinito nacido de lo más profundo de mi ser que elimina la programación instalada y carga  una sola directriz: notificar Isha.

Una sombra avanza desde la taza de té frío, en la que descanso mi vista, hasta cubrirme la cara. Levanto la vista y me detengo en un ombligo que asoma, como un pequeño agujero negro, sobre un vientre blanco. Mi lengua despierta su memoria muscular queriendo deslizarse de nuevo hasta el valle salado que nunca quiso abandonar.

No sé reaccionar cuando termino de ver la grabación. Un torrente de sentimientos encontrados me mantienen pegado a la butaca mientras el bio-sándwich de tomate se revuelve en mi estómago.

De nuevo me acerco al abismo en el que mi esencia se convulsiona, pero esta vez no está oscuro; Sasha y Abdhul aparecen ante mí muertos entre la basura, mientras Isha no para de llorar. Y entonces, como un resorte, salta a mi pensamiento el recuerdo reprimido muchos años atrás, que fue el motor de mi huida del B-3: el día en que mataron a  mi amigo Marc delante de mi casa, cuando tenía trece años.

La sensación de vulnerabilidad que oculté en el recuerdo explota como una piñata en fiestas. Rompo a llorar y mi jaula dorada comienza a derretirse como el hielo de una copa abandonada para ver la mugrosa realidad de la que llevo años escapando.

Ahí comienza la catarsis del día más largo de mi vida, con la imagen de Isha bañada en sangre abandonando a la carrera a sus amigos muertos, y el recuerdo de mis padres resignados ante el solitario cadáver de Marc, mientras yo juraba marcharme de allí para no regresar jamás.

Ver a la pequeña Isha sola, corriendo ensangrentada y aterrorizada en medio de montañas de basura, enciende la angustia que me dominó cuando comprendí que yo no podía hacer nada por que Marc regresara. En un segundo consigo evaluar razonadamente que en aquella época era un niño sin capacidad para impedir una situación injusta como aquella, pero que en ese momento soy un adulto que lleva muchos años resistiéndose a admitir que es totalmente capaz.

De la angustia emerge la ira, y de la ira el escarnio de mi mente, escupiéndome la fantasía de mis aspiraciones; lujo, fiestas, carcajadas vacías de amigos falsos, abundantes banquetes de comida orgánica, mujeres desconocidas retozando en mi cama, premios tan brillantes como los reflejos de la luz sobre las sábanas de seda, edificios imponentes tan limpios y ordenados como la M-80…

La asepsia de una vida inventada se deshace ante la mugre de una realidad que me golpea, y hace vibrar lo único verdadero en mí; El caos, una fuerza que siempre ha tratado de redimirme. Resuena ahora en mis pensamientos como una furiosa sinfonía, cantándome con la fuerza de mil voces que el control no existe, que la vida es un tornado que te arranca de tus deseos y te arrastra violentamente hasta un destino que jamás imaginaste.

No puedo contener la emoción y lloro sin consuelo, como un recién nacido escupido del sangrante útero de su madre para caer en el polvo de este mundo infernal. Con cada sollozo me libero de un yugo construido cada día, desde que huí del sector B-3, con deseos y pretensiones de una vida irreal.

Mi recuerdo de Marc se fusiona con la imagen de Isha, y de ahí emerge un código que se carga en mi cerebro deteniendo mi llanto. Simple, conciso, exacto. Un bug de ciclo infinito nacido de lo más profundo de mi ser que elimina la programación instalada y carga  una sola directriz: notificar Isha.

Una sombra avanza desde la taza de té frío, en la que descanso mi vista, hasta cubrirme la cara. Levanto la vista y me detengo en un ombligo que asoma, como un pequeño agujero negro, sobre un vientre blanco. Mi lengua despierta su memoria muscular queriendo deslizarse de nuevo hasta el valle salado que nunca quiso abandonar.

El día más largo — Parte 04 | 1 de 2

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