Libro primero — El día más largo

logicapsula 5.1

—¡Isha, no toques eso! —La niña pequeña está asustada. Tan corta edad y ya es precavida en los basureros como un adulto. No me extraña. Las gambiratas bien se encargan de eso enseñando sus colmillos  cuando un niño va a coger un tesoro en los vertederos.

—Tranquila Sasha, no te sueltes de Abdhul y espérame ahí —a Isha le divierte que la masa negra trepe por su pierna.

—¡Apártate de eso, Isha! —Abdhul está nervioso. Su visión dejó de ser la de un niño hace mucho tiempo. La Cloaka arranca la inocencia de todos los críos que la pisan. A nadie le importa, pero luego todos se crillan cuando la violencia que incuban estos cachorros les revienta en la cara.

—No te preocupes, Abdhul —Isha se ríe—. Me hace cosquillas. ¡Está vibrando!

—¿Es un juguete? —A Sasha le pica la curiosidad, pero no se atreve a soltarse de la mano de Abdhul. Tiene la lección bien aprendida.

—No lo sé… Es lo más fast que he visto nunca —La masa metálica repta por el brazo de Isha hasta agruparse en su espalda a modo de mochila.

Isha gira su cuello mirando a la cosa mientras dos pequeños tentáculos reptan por cada hombro para ajustar la mochila. «¿Pero qué es esa cosa?», me pregunto zigzagueando en la butaca con mis glúteos hasta recolocarme. Nadie ha visto jamás algo como eso. 

Es una oscura corriente de geometría metálica compuesta de nano chips cerámicos, luz, metal y pinceladas de biogenética. Un torbellino de filos y luz. Un manojo de hilos metálicos y triángulos puntiagudos como hechos de granos de arena. Isha tampoco sabe qué es este tesoro, pero quiere llevárselo a casa y darles una sorpresa a sus padres. Está segura de que puede sacarse unos cuantos wangs por las piezas de ese cacharro, pero antes quiere conectarlo a su laptop para trastear con él.

Quiere demostrar a sus padres que hicieron bien en arreglar para ella la terminal que encontraron abandonada en el B-5. Es una de esas computadoras personales, del programa “Una laptop por niño”, que el gobierno sacó para dar acceso a los críos de la Cloaka a “conocimientos y métodos educativos modernos” —Una de esas iniciativas en las que los ricos ponen geld para tapar la mugre que tienen en la poca conciencia que les queda—. En muy poco tiempo esos portátiles quedaron obsoletos y acabaron en la basura, listos para ser trucados y revendidos. Eso ha hecho que miles de críos trasteen con ellos en la red hasta convertirse en los hackers más precoces de la historia.

Aunque Isha no domina aún su laptop, sí sabe qué aplicaciones le van a permitir entrar esta noche en el misterioso tesoro que ha encontrado. Lo que no sabe es que tres P. Mouth se han acercado sigilosamente hasta ella y sus amigos. Dos de ellos le amenazan con bates llenos de cristales pegados y enormes pinchos clavados. El otro, un gigante terriblemente enorme, apunta con una servo-recortada a Sasha y Abdhul.

—¡Isha, no toques eso! —La niña pequeña está asustada. Tan corta edad y ya es precavida en los basureros como un adulto. No me extraña. Las gambiratas bien se encargan de eso enseñando sus colmillos  cuando un niño va a coger un tesoro en los vertederos.

—Tranquila Sasha, no te sueltes de Abdhul y espérame ahí —a Isha le divierte que la masa negra trepe por su pierna.

—¡Apártate de eso, Isha! —Abdhul está nervioso. Su visión dejó de ser la de un niño hace mucho tiempo. La Cloaka arranca la inocencia de todos los críos que la pisan. A nadie le importa, pero luego todos se crillan cuando la violencia que incuban estos cachorros les revienta en la cara.

—No te preocupes, Abdhul —Isha se ríe—. Me hace cosquillas. ¡Está vibrando!

—¿Es un juguete? —A Sasha le pica la curiosidad, pero no se atreve a soltarse de la mano de Abdhul. Tiene la lección bien aprendida.

—No lo sé… Es lo más fast que he visto nunca —La masa metálica repta por el brazo de Isha hasta agruparse en su espalda a modo de mochila.

Isha gira su cuello mirando a la cosa mientras dos pequeños tentáculos reptan por cada hombro para ajustar la mochila. «¿Pero qué es esa cosa?», me pregunto zigzagueando en la butaca con mis glúteos hasta recolocarme.

Nadie ha visto jamás algo como eso. Es una oscura corriente de geometría metálica compuesta de nano chips cerámicos, luz, metal y pinceladas de biogenética. Un torbellino de filos y luz. Un manojo de hilos metálicos y triángulos puntiagudos como hechos de granos de arena. Isha tampoco sabe qué es este tesoro, pero quiere llevárselo a casa y darles una sorpresa a sus padres. Está segura de que puede sacarse unos cuantos wangs por las piezas de ese cacharro, pero antes quiere conectarlo a su laptop para trastear con él.

Quiere demostrar a sus padres que hicieron bien en arreglar para ella la terminal que encontraron abandonada en el B-5. Es una de esas computadoras personales, del programa “Una laptop por niño”, que el gobierno sacó para dar acceso a los críos de la Cloaka a “conocimientos y métodos educativos modernos” —Una de esas iniciativas en las que los ricos ponen geld para tapar la mugre que tienen en la poca conciencia que les queda—.

En muy poco tiempo esos portátiles quedaron obsoletos y acabaron en la basura, listos para ser trucados y revendidos. Eso ha hecho que miles de críos trasteen con ellos en la red hasta convertirse en los hackers más precoces de la historia.

Aunque Isha no domina aún su laptop, sí sabe qué aplicaciones le van a permitir entrar esta noche en el misterioso tesoro que ha encontrado. Lo que no sabe es que tres P. Mouth se han acercado sigilosamente hasta ella y sus amigos. Dos de ellos le amenazan con bates llenos de cristales pegados y enormes pinchos clavados. El otro, un gigante terriblemente enorme, apunta con una servo-recortada a Sasha y Abdhul.

El día más largo — Parte 03 | 1 de 3

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