Libro primero — El día más largo

logicapsula 4.2

Rápidamente coloco el CRV en medio del perímetro y grabo los acontecimientos del día completo en el que Isha estuvo ahí. No puedo revisarla en el sitio, pero me da el tiempo suficiente para recoger la info y descargarla en mi memo antes de que llegue algún dron de la policía. Sin volver la mirada atrás corro hasta perder de vista el cuadrante y alcanzar uno de los tuktuk del tío Beni, que me lleva de regreso al sector B-3 por las antiguas autopistas de brea, sorteando sus enormes socavones. Mis aspiraciones parecen reafirmarse con el mantra “Fuelsanto” rebotando en mi cabeza. Si un cibercronista quiere que le tomen en serio es fundamental tener pruebas que demuestren con datos lo que cuenta, y yo estoy convencido de que tengo entre manos una bomba que explotar en el artículo que me lanzará al estrellato.

Me oculto en una tetería para ver el contenido del CRV sin que nadie me moleste. Son las doce del mediodía, así que pido un bio-sándwich y un té kukicha, de esos que cultivan en la torre Bhikku, y respiro profundamente reclinándome sobre una de las viejas butacas de cuero que pretenden dar un aire vintage al antro. Devoro el sándwich de tomate que me sirve el viejo de la barra y presto toda mi atención a la burodema de mi nuca —Fue una de mis primeras compras como cibercronista, y desde entonces añadí mejoras cada año. En ese momento reconozco que es un trasto antiguo, pero fue una buena decisión añadirle mejoras y no cambiarlo por un modelo más moderno,

de esos que se ocultan bajo el cuero cabelludo, porque la mayoría de los virus están hechos para versiones posteriores y no pueden acceder a la info descargada en mi memo—. Me cuesta encontrar en la grabación del CRV el momento en que Isha y sus amigos aparecen en escena, así que mientras mis oídos se despistan con las conversaciones de la gente de mi alrededor, me lío un canuto con peyana de la buena para relajarme. En mi cabeza visualizo de nuevo el premio Fuelsanto y mi ambición dibuja una estúpida sonrisa en mi cara. Eso es porque en ese momento yo soy un baida al que todo lo que no sea geld o fama le trae sin cuidado, y después de tres caladas estoy de subidón creyendo que la info que tengo en mis manos me va a dar ese ticket de entrada a Madrid-superior que tanto deseo. Pero todo lo que sube tiende a bajar, y en eso yo siempre he sido un experto. La burodema por fin proyecta en mi retina el fragmento de la grabación que he buscado. Tres niños, con viejas máscaras de gas en sus caras, se acercan al centro de la imagen donde se encuentra una colorida rosa de plástico, de esas que venden las ménfáng del tío Beni como excusa para vigilar su zona de la Cloaka. La rosa está sobre una oscura masa metálica, que se convulsiona lentamente como una estrella de mar fuera del agua.  El chico se queda atrás con la más pequeña agarrada de su mano. La otra niña coge la rosa y la admira un largo rato. Al final, los tres se quitan las máscaras importándoles muy poco el veneno que entrará en sus pulmones en comparación con lo que están viendo.

Rápidamente coloco el CRV en medio del perímetro y grabo los acontecimientos del día completo en el que Isha estuvo ahí. No puedo revisarla en el sitio, pero me da el tiempo suficiente para recoger la info y descargarla en mi memo antes de que llegue algún dron de la policía. Sin volver la mirada atrás corro hasta perder de vista el cuadrante y alcanzar uno de los tuk tuk del tío Beni, que me lleva de regreso al sector B-3 por las antiguas autopistas de brea, sorteando sus enormes socavones. Mis aspiraciones parecen reafirmarse con el mantra “Fuelsanto” rebotando en mi cabeza. Si un cibercronista quiere que le tomen en serio es fundamental tener pruebas que demuestren con datos lo que cuenta, y yo estoy convencido de que tengo entre manos una bomba que explotar en el artículo que me lanzará al estrellato.

Me oculto en una tetería para ver el contenido del CRV sin que nadie me moleste. Son las doce del mediodía, así que pido un bio-sándwich y un té kukicha, de esos que cultivan en la torre Bhikku, y respiro profundamente reclinándome sobre una de las viejas butacas de cuero que pretenden dar un aire vintage al antro. Devoro el sándwich de tomate que me sirve el viejo de la barra y presto toda mi atención a la burodema de mi nuca —Fue una de mis primeras compras como cibercronista, y desde entonces añadí mejoras cada año. En ese momento reconozco que es un trasto antiguo, pero fue una buena decisión añadirle mejoras y no cambiarlo por un modelo más moderno, de esos que se ocultan bajo el cuero cabelludo, porque la mayoría de los virus están hechos para versiones posteriores y no pueden acceder a la info descargada en mi memo—. Me cuesta encontrar en la grabación del CRV el momento en que Isha y sus amigos aparecen en escena, así que mientras mis oídos se despistan con las conversaciones de la gente de mi alrededor, me lío un canuto con peyana de la buena para relajarme. En mi cabeza visualizo de nuevo el premio Fuelsanto y mi ambición dibuja una estúpida sonrisa en mi cara. Eso es porque en ese momento yo soy un baida al que todo lo que no sea geld o fama le trae sin cuidado, y después de tres caladas estoy de subidón creyendo que la info que tengo en mis manos me va a dar ese ticket de entrada a Madrid-superior que tanto deseo. Pero todo lo que sube tiende a bajar, y en eso yo siempre he sido un experto. La burodema por fin proyecta en mi retina el fragmento de la grabación que he buscado. Tres niños, con viejas máscaras de gas en sus caras, se acercan al centro de la imagen donde se encuentra una colorida rosa de plástico, de esas que venden las ménfáng del tío Beni como excusa para vigilar su zona de la Cloaka. La rosa está sobre una oscura masa metálica, que se convulsiona lentamente como una estrella de mar fuera del agua.  El chico se queda atrás con la más pequeña agarrada de su mano. La otra niña coge la rosa y la admira un largo rato. Al final, los tres se quitan las máscaras importándoles muy poco el veneno que entrará en sus pulmones en comparación con lo que están viendo.

El día más largo — Parte 02 | 2 de 2

<Pág. Anterior

2 de 2

Suscríbete y lee cada capítulo nuevo.

Si te ha gustado comparte