Libro primero — El día más largo

logicapsula 4.1

Sigo indagando entre la gente que encuentro en la calle. Me  cuentan tantas historias distintas que, a pesar de llenarme de datos sobre la niña, estoy a punto de descartarlas y no dar ninguna por buena. Pero todo se aclara cuando un vagabundo me ofrece conectar mi memo a su USEB, para corroborar con una emodata su versión de que Isha encontró en el B-4 algo que no debía haber llevado a su casa. A cambio de unos Riyal-coins, en un rincón apartado, me permite observar lo que él vio varias noches atrás; Al tiempo que el tipo dice «eso que se llevó la niña fue por lo que destrozaron su casa» veo a una niña de unos nueve años cubierta de sangre, corriendo sola entre las sombras y cargando una gran mochila negra en su espalda.

El pecho me explota con un fuerte golpe de calor. Jamás he soportado ese tipo de imágenes. Encienden en mí una ira extraña que me cuesta calmar para pensar con claridad. Es como acercarme al borde del oscuro abismo en el que se esconde lo más esencial de mí y sentir cómo se libera, pidiéndome a gritos que me lance a pecho descubierto contra todo para denunciar cada injusticia que vea. Pero siempre termino reconociendo que alguien terminaría parándome los pies. Como tantas otras veces, el miedo vuelve a centrarme en el objetivo de asegurarme una vida lo más alejada posible de la cloaca, y en ese mismo instante la ambición dibuja en mi mente la visión del premio Fuelsanto entre mis manos.

La vida de lujo que puedo alcanzar en Madrid-superior hace que pueda ver todo esto con frialdad, desde una perspectiva lógica y racional.

Sin dudarlo voy al sector B-4 siguiendo la pista hasta el cuadrante doce. Allí, sobre una montaña de deshechos, encuentro un solitario perímetro acordonado con las típicas holocintas tintineantes de la policía. En su interior tan sólo hay rastros de sangre seca. Nada de fiambres ni marcas de estudio de la escena de un crimen, algo extremadamente raro. Todo el mundo sabe que a la policía de Madrid le trae sin cuidado la gente de los sectores de la Cloaka, pero que en una zona acordonada ni siquiera haya un dron de vigilancia es un tufo que se pega en mi hocico de rastreador. El instinto dirige mi mano al interior de uno de mis bolsillos interiores para sacar mi cronovisor —Pagué muchos wangs por conseguir ese gadget reservado en exclusiva para los Prosecutors. Esos cacharros son capaces de registrar,  procesar y ordenar las ondas de luz y sonido de cualquier lugar, permitiendo ver una proyección holográfica del pasado más reciente. Y aunque sólo tenga un alcance de cincuenta metros cuadrados, ¿cómo no iba a querer un juguete así? La única pega es que la policía rastrea las ondas electromagnéticas que emiten los CRV’s, por lo que no es recomendable usarlos durante más de cinco minutos, o una patrulla caerá sobre ti como un digno sobre un negocio rentable—.

Sigo indagando entre la gente que encuentro en la calle. Me  cuentan tantas historias distintas que, a pesar de llenarme de datos sobre la niña, estoy a punto de descartarlas y no dar ninguna por buena.

Pero todo se aclara cuando un vagabundo me ofrece conectar mi memo a su USEB, para corroborar con una emodata su versión de que Isha encontró en el B-4 algo que no debía haber llevado a su casa.

A cambio de unos Riyal-coins, en un rincón apartado, me permite observar lo que él vio varias noches atrás; Al tiempo que el tipo dice «eso que se llevó la niña fue por lo que destrozaron su casa» veo a una niña de unos nueve años cubierta de sangre, corriendo sola entre las sombras y cargando una gran mochila negra en su espalda. El pecho me explota con un fuerte golpe de calor. Jamás he soportado ese tipo de imágenes. Encienden en mí una ira extraña que me cuesta calmar para pensar con claridad.

Es como acercarme al borde del oscuro abismo en el que se esconde lo más esencial de mí y sentir cómo se libera, pidiéndome a gritos que me lance a pecho descubierto contra todo para denunciar cada injusticia que vea. Pero siempre termino reconociendo que alguien terminaría parándome los pies.

Como tantas otras veces, el miedo vuelve a centrarme en el objetivo de asegurarme una vida lo más alejada posible de la cloaka, y en ese mismo instante la ambición dibuja en mi mente la visión del premio Fuelsanto entre mis manos. La vida de lujo que puedo alcanzar en Madrid-superior hace que pueda ver todo esto con frialdad, desde una perspectiva lógica y racional.

Sin dudarlo voy al sector B-4 siguiendo la pista hasta el cuadrante doce. Allí, sobre una montaña de deshechos, encuentro un solitario perímetro acordonado con las típicas holocintas tintineantes de la policía. En su interior tan sólo hay rastros de sangre seca. Nada de fiambres ni marcas de estudio de la escena de un crimen, algo extremadamente raro.

Todo el mundo sabe que a la policía de Madrid le trae sin cuidado la gente de los sectores de la Cloaka, pero que en una zona acordonada ni siquiera haya un dron de vigilancia es un tufo que se pega en mi hocico de rastreador.

El instinto dirige mi mano al interior de uno de mis bolsillos interiores para sacar mi cronovisor —Pagué muchos wangs por conseguir ese gadget reservado en exclusiva para los Prosecutors. Esos cacharros son capaces de registrar,  procesar y ordenar las ondas de luz y sonido de cualquier lugar, permitiendo ver una proyección holográfica del pasado más reciente. Y aunque sólo tenga un alcance de cincuenta metros cuadrados, ¿cómo no iba a querer un juguete así?

La única pega es que la policía rastrea las ondas electromagnéticas que emiten los CRV’s, por lo que no es recomendable usarlos durante más de cinco minutos, o una patrulla caerá sobre ti como un digno sobre un negocio rentable—.

El día más largo — Parte 02 | 1 de 2

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