Libro primero — El día más largo

logicapsula 16.2

—Suave, Zoro —Pier lanza una carcajada que sólo le divierte a él—. Es broma, . Tengo varios talleres repartidos por toda la cloaka —Seguro que yo también me reiría si viera la mueca de mi cara. Mi memoria muscular me lleva a recordar aquella vez que me revisaron el colon con una manguera dolorosamente gruesa en una cueva a la que llamaban consulta—. Spyral ya me había avisado que esto podía pasar. Pero no te confundas. Me costó mucho levantar ese taller. Escucha, lo único que te pido a cambio de todo esto es que me mantengas informado de Vektor. Quiero saber qué es, Zoro. Nunca he visto nada parecido.

—Dalo por hecho, pero sácame de aquí. Quiero ir a la localización que nos pasó Spyral lo más rápido posible.

El hombre del mostrador nos interrumpe diciendo algo que sólo Pier entiende. Se acerca a él asintiendo con la cabeza y me habla desde ahí.

—Tienes que meterte en uno de los tuktuk del tío Beni para salir de aquí. Es la forma más segura. Sígueme.

Sin apartar la mirada de la pequeña pantalla de su ordenador, el dueño de la tienda nos señala con la mano una puerta situada al fondo, entre dos largas filas de ropa barata, por la que entramos a un pequeño almacén lleno de cajas hasta el techo. Esquivamos las cajas hasta salir a un gigantesco patio interior, formado por la trasera de los seis edificios que forman la manzana entera. A un lado del patio hay un acceso a la calle donde veo aparcados varios tuktuk, hasta los que Pier me acompaña.

—Escucha. Voy a decirle al conductor que te lleve al cráter de Leganés por la ruta Liánhé. Es una ruta que las patrullas apenas vigilan porque el tío Beni tiene un pacto secreto con los del ayuntamiento para mover sus cosas, ya me entiendes. Ésta también me la debes, que el tío Benni siempre me cobra los favores.

—Gracias, Pier.

—Cuídate,  —Me da unas palmadas en la espalda al entrar en el tuk tuk y mira al conductor pronunciando unas rápidas palabras en mandarín, que responde enseñando las teclas de piano que tiene por dentadura a modo de sonrisa—. Liánhé —El conductor asiente con la cabeza y arranca sin decir ni una palabra.

Busco una postura cómoda en el sucio asiento trasero mientras Pier desaparece tras el cristal trasero, que oculta mi cara con una capa de porquería indescriptible. Me intranquiliza suponer que alguna cámara oculta de la policía nos ha grabado a Isha y a mí entrando en el taller de Pier, pero dejo ese asunto en manos de Spyral. Si él no ha sido capaz de impedirlo, ¿quién puede?  Me fumo uno de los pequeños porros de maría que llevo en mi cajita de “necesito tranquilizarme”, y cierro los ojos para dormir mientras dejo que el tuktuk me saque del barrio chino. Sólo me sobresalto cuando oigo las sirenas de dos motos de la policía de tráfico, pero al ver que nos adelantan ignorándonos vuelvo a dormirme hasta que el tuktuk me lleva más allá del cráter, en el límite donde la brea de las antiguas carreteras serpentea sobre la tierra seca hacia los controles de la frontera. El conductor se esfuerza para escupirme cuatro palabras en mi idioma y avisarme que debo caminar en dirección oeste. Bajo del tuktuk y abandono la carretera en esa dirección, adentrándome en una solitaria zona repleta de basura que cubre el suelo con una alfombra de chatarra oxidada, plásticos retorcidos y juguetes rotos. Avanzo con cuidado hasta un discreto socavón en el que hay un enorme conejo de peluche sobre unas bolsas rotas de plástico. Me fumo un Two-shots a su lado intentando poner en su sitio uno de sus ojos, que cuelga de un cable que se hunde en el relleno. Por un instante me acuerdo de aquellos peluches de mi infancia que funcionaban con viejas baterías de litio. Supongo que así es como acabaron casi todos, abandonados y rotos bajo una capa de moho y sobre una montaña de basura.

—Suave, Zoro —Pier lanza una carcajada que sólo le divierte a él—. Es broma, . Tengo varios talleres repartidos por toda la cloaka.

Seguro que yo también me reiría si viera la mueca de mi cara. Mi memoria muscular me lleva a recordar aquella vez que me revisaron el colon con una manguera dolorosamente gruesa en una cueva a la que llamaban consulta.

—Spyral ya me había avisado que esto podía pasar. Pero no te confundas. Me costó mucho levantar ese taller. Escucha, lo único que te pido a cambio de todo esto es que me mantengas informado de Vektor. Quiero saber qué es, Zoro. Nunca he visto nada parecido.

—Dalo por hecho, pero sácame de aquí. Quiero ir a la localización que nos pasó Spyral lo más rápido posible.

El hombre del mostrador nos interrumpe diciendo algo que sólo Pier entiende. Se acerca a él asintiendo con la cabeza y me habla desde ahí.

—Tienes que meterte en uno de los tuktuk del tío Beni para salir de aquí. Es la forma más segura. Sígueme.

Sin apartar la mirada de la pequeña pantalla de su ordenador, el dueño de la tienda nos señala con la mano una puerta situada al fondo, entre dos largas filas de ropa barata, por la que entramos a un pequeño almacén lleno de cajas hasta el techo.

Esquivamos las cajas hasta salir a un gigantesco patio interior, formado por la trasera de los seis edificios que forman la manzana entera. A un lado del patio hay un acceso a la calle donde veo aparcados varios tuktuk, hasta los que Pier me acompaña.

—Escucha. Voy a decirle al conductor que te lleve al cráter de Leganés por la ruta Liánhé. Es una ruta que las patrullas apenas vigilan porque el tío Beni tiene un pacto secreto con los del ayuntamiento para mover sus cosas, ya me entiendes. Ésta también me la debes, que el tío Benni siempre me cobra los favores.

—Gracias, Pier.

—Cuídate,  —Me da unas palmadas en la espalda al entrar en el tuk tuk y mira al conductor pronunciando unas rápidas palabras en mandarín, que responde enseñando las teclas de piano que tiene por dentadura a modo de sonrisa—. Liánhé —El conductor asiente con la cabeza y arranca sin decir ni una palabra.

Busco una postura cómoda en el sucio asiento trasero mientras Pier desaparece tras el cristal trasero, que oculta mi cara con una capa de porquería indescriptible. Me intranquiliza suponer que alguna cámara oculta de la policía nos ha grabado a Isha y a mí entrando en el taller de Pier, pero dejo ese asunto en manos de Spyral. Si él no ha sido capaz de impedirlo, ¿quién puede?

Me fumo uno de los pequeños porros de maría que llevo en mi cajita de “necesito tranquilizarme”, y cierro los ojos para dormir mientras dejo que el tuktuk me saque del barrio chino. Sólo me sobresalto cuando oigo las sirenas de dos motos de la policía de tráfico, pero al ver que nos adelantan ignorándonos vuelvo a dormirme hasta que el tuktuk me lleva más allá del cráter, en el límite donde la brea de las antiguas carreteras serpentea sobre la tierra seca hacia los controles de la frontera.

El conductor se esfuerza para escupirme cuatro palabras en mi idioma y avisarme que debo caminar en dirección oeste. Bajo del tuktuk y abandono la carretera en esa dirección, adentrándome en una solitaria zona repleta de basura que cubre el suelo con una alfombra de chatarra oxidada, plásticos retorcidos y juguetes rotos.

Avanzo con cuidado hasta un discreto socavón en el que hay un enorme conejo de peluche sobre unas bolsas rotas de plástico. Me fumo un Two-shots a su lado intentando poner en su sitio uno de sus ojos, que cuelga de un cable que se hunde en el relleno.

Por un instante me acuerdo de aquellos peluches de mi infancia que funcionaban con viejas baterías de litio. Supongo que así es como acabaron casi todos, abandonados y rotos bajo una capa de moho y sobre una montaña de basura.

El día más largo — Parte 14 | 2 de 2

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