Libro primero — El día más largo

logicapsula 13.2

Otro mercenario entra en el hueco recriminándole a su compañero la pérdida de tiempo con la vieja, que continúa insultándoles por entrar sin permiso. Sin mediar una palabra más, el último mercenario en entrar aplasta la nariz de la vieja con la culata de su escopeta, y lanza una ojeada general al hueco iluminando con el LED del arma. La pobre mujer, caída sobre la tapa de cemento, vuelve a escupir a los mercenarios un ininteligible esputo de insultos. No logro ver bien a través del único agujero de la tapa que está libre, sólo lo justo para comprender que los cuatro fuertes golpes que oigo son los de la culata de la escopeta del mercenario sobre la cara de la vieja. Por un momento sólo escucho el tumulto del túnel de fuera, donde los gritos ceden al estruendo de los disparos, y finalmente decido marcharme cuando la sangre de la mujer que nos ha salvado la vida cae en un viscoso hilillo por el agujero de la tapa. Gateo con toda la rapidez posible hasta alcanzar a Isha y por fin salimos levantando una tapa metálica, que nos conduce a la curva por la que mi dron ha desaparecido, y donde me encuentro de bruces con otro acólito del caos. Permanece quieto como una estatua, levantando los dedos corazón de sus manos hacia el tiroteo en medio de una bifurcación, mientras la gente escapa hacia una galería de servicio que hay detrás de él. Estoy seguro que tenemos que seguir por ahí antes de que Spyral me lo confirme por la burodema.

[𝞹]> Entrad en la galería. <[𝞹]

[𝞹]> Avanzad entrando siempre en el primer acceso de la pared derecha. <[𝞹]

[𝞹]> Acabaréis encontrándoos con el dron. <[𝞹]

Avanzamos a oscuras por la galería arrastrando una mano por la pared. Después de girar dos veces a la derecha conseguimos dejar atrás los disparos. Entonces Isha se detiene. Se sienta en el suelo y en un movimiento reflejo me siento con ella. Llora acurrucando su cabeza en mi regazo. Suelta todo lo que en estos días ha estado reteniendo. El miedo, la angustia, la ira, el dolor, la soledad… Pero sé que no podemos detenernos en ese sitio. Somos vulnerables a cualquier sorpresa. El chisporroteo de Vektor no me ayuda. Ilumina con destellos el corredor en el que estamos, dejando que mi miedo vuele con las sombras que veo alrededor.

—Isha, escucha. Necesitamos una luz. Mira, yo tengo esto —Saco de mi bolsillo el cronovisor y enciendo la pantalla. La luz azulea nuestras caras e ilumina pobremente la pared en la que nos apoyamos—. No podemos pararnos, pequeña. Esos varks nos pueden sorprender si no seguimos.

Isha se reincorpora y me dedica una mirada cargada de aflicción, hundida en lágrimas de inocencia quebrada. No responde a mi sonrisa, sólo abre su abrigo para sacar el portátil que le regalaron sus padres. De nuevo da dos toques a la parte de Vektor que se ajusta a su hombro.

—No tiene batería. ¿Puedes encender tú la pantalla a tope de brillo? —Isha me sorprende. Aún cuando sufre es capaz de pensar fríamente para encontrar una solución, como lo hacía mi madre cuando llegaba un aviso de destierro a casa por no pagar la tarjeta de ciudadano—. Puedes quedártela si quieres —Vektor reacciona rápidamente y la coge con un tentáculo para engullirla mientras Isha vuelve a acurrucarse en mí—. Pero guárdame las fotos.

Vektor hace unos ruidos metálicos extraños. Oigo cómo caen al suelo algunas piezas metálicas repiqueteando en el suelo. Al iluminarlas con la luz de mi CRV me doy cuenta que la mayoría son piezas de la vieja laptop, pero también hay algunas piezas del propio Vektor.

—¿Está perdiendo piezas? —Isha levanta la cabeza y no me responde. Me mira un rato sin mover ni un solo músculo de su cara.

—Sí. Le pasa desde que mataron a mis padres. Vektor, ¿por qué se te caen las piezas? —Isha se reincorpora, se seca las lágrimas y gira su cabeza a algo nuevo que muestra Vektor. Se trata de la pantalla del portátil de Isha, que ahora forma parte de él. Isha lee la pantalla—. Pérdida de nano-cohesión.

—Tenemos que llegar ya al taller de Pier —Me levanto del suelo y ayudo a Isha a hacer lo mismo—. Las dueñas del Black Rose han dicho que puede arreglarlo, y eso es lo que vamos a conseguir.

Otro mercenario entra en el hueco recriminándole a su compañero la pérdida de tiempo con la vieja, que continúa insultándoles por entrar sin permiso. Sin mediar una palabra más, el último mercenario en entrar aplasta la nariz de la vieja con la culata de su escopeta, y lanza una ojeada general al hueco iluminando con el LED del arma.

La pobre mujer, caída sobre la tapa de cemento, vuelve a escupir a los mercenarios un ininteligible esputo de insultos. No logro ver bien a través del único agujero de la tapa que está libre, sólo lo justo para comprender que los cuatro fuertes golpes que oigo son los de la culata de la escopeta del mercenario sobre la cara de la vieja.

Por un momento sólo escucho el tumulto del túnel de fuera, donde los gritos ceden al estruendo de los disparos, y finalmente decido marcharme cuando la sangre de la mujer que nos ha salvado la vida cae en un viscoso hilillo por el agujero de la tapa.

Gateo con toda la rapidez posible hasta alcanzar a Isha y por fin salimos levantando una tapa metálica, que nos conduce a la curva por la que mi dron ha desaparecido, y donde me encuentro de bruces con otro acólito del caos.

Permanece quieto como una estatua, levantando los dedos corazón de sus manos hacia el tiroteo en medio de una biufurcación, mientras la gente escapa hacia una galería de servicio que hay detrás de él. Estoy seguro que tenemos que seguir por ahí antes de que Spyral me lo confirme por la burodema.

[𝞹]> Entrad en la galería. <[𝞹]

[𝞹]> Avanzad entrando siempre en el primer acceso de la pared derecha. <[𝞹]

[𝞹]> Acabaréis encontrándoos con el dron. <[𝞹]

Avanzamos a oscuras por la galería arrastrando una mano por la pared. Después de girar dos veces a la derecha conseguimos dejar atrás los disparos. Entonces Isha se detiene. Se sienta en el suelo y en un movimiento reflejo me siento con ella.

Llora acurrucando su cabeza en mi regazo. Suelta todo lo que en estos días ha estado reteniendo. El miedo, la angustia, la ira, el dolor, la soledad… Pero sé que no podemos detenernos en ese sitio. Somos vulnerables a cualquier sorpresa. El chisporroteo de Vektor no me ayuda. Ilumina con destellos el corredor en el que estamos, dejando que mi imaginación vuele con las sombras que veo alrededor.

—Isha, escucha. Necesitamos una luz. Mira, yo tengo esto —Saco de mi bolsillo el cronovisor y enciendo la pantalla. La luz azulea nuestras caras e ilumina pobremente la pared en la que nos apoyamos—. No podemos pararnos, pequeña. Esos varks nos pueden sorprender si no seguimos.

Isha se reincorpora y me dedica una mirada cargada de aflicción, hundida en lágrimas de inocencia quebrada. No responde a mi sonrisa, sólo abre su abrigo para sacar el portátil que le regalaron sus padres. De nuevo da dos toques a la parte de Vektor que se ajusta a su hombro.

—No tiene batería. ¿Puedes encender tú la pantalla a tope de brillo? —Isha me sorprende. Aún cuando sufre es capaz de pensar fríamente para encontrar una solución, como lo hacía mi madre cuando llegaba un aviso de destierro a casa por no pagar la tarjeta de ciudadano—. Puedes quedártela si quieres —Vektor reacciona rápidamente y la coge con un tentáculo para engullirla mientras Isha vuelve a acurrucarse en mí—. Pero guárdame las fotos.

Vektor hace unos ruidos metálicos extraños. Oigo cómo caen al suelo algunas piezas metálicas repiqueteando en el suelo. Al iluminarlas con la luz de mi CRV me doy cuenta que la mayoría son piezas de la vieja laptop, pero también hay algunas piezas del propio Vektor.

—¿Está perdiendo piezas? —Isha levanta la cabeza y no me responde. Me mira un rato sin mover ni un solo músculo de su cara.

—Sí. Le pasa desde que mataron a mis padres. Vektor, ¿por qué se te caen las piezas? —Isha se reincorpora, se seca las lágrimas y gira su cabeza a algo nuevo que muestra Vektor. Se trata de la pantalla del portátil de Isha, que ahora forma parte de él. Isha lee la pantalla—. Pérdida de nano-cohesión.

—Tenemos que llegar ya al taller de Pier —Me levanto del suelo y ayudo a Isha a hacer lo mismo—. Las dueñas del Black Rose han dicho que puede arreglarlo, y eso es lo que vamos a conseguir.

El día más largo — Parte 11 | 2 de 2

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