Libro primero — El día más largo

logicapsula 13.1

Me siento como si una pócima me hubiese dado un mal viaje, dejándome como un inútil muñeco de trapo en medio de un retorcido mar de brazos. La cabeza me da vueltas y me cuesta centrar la mirada.

Pierdo el equilibrio y me apoyo en la corpulenta espalda de un hombre, que se deshace de mí con un fuerte movimiento de su hombro lanzándome hasta chocarme contra una joven. Me fulmina con su mirada, oculta bajo una oscura línea maquillada de oreja a oreja, y me grita cien clases de insultos distintos antes de empujarme contra otro hombre, que termino tirando al suelo conmigo. Me levanto rápidamente, agarrándome a los harapos de la gente, antes de ser pisoteado, como le pasa al que ha caído conmigo. Grito el nombre de Isha apartando las manazas de quienes pretenden quitarme de en medio. La angustia me colapsa y pierdo totalmente el control. Soy pasto de los empentones y codazos de la turba, que de repente trata de huir en todas direcciones, hasta que una mano tira de mí metiéndome en un oscuro agujero de la pared, donde beso el frío suelo tras tropezar con la torpeza de un esnob superado por la realidad.

Respiro nervioso, agitado, temblando como un perro bajo una tormenta de verano. Tardo un rato en comenzar a palpar el suelo para encontrar una pared en la que apoyarme y buscar una salida, pero todo lo que encuentro es el pustuloso rostro sonriente de una vieja iluminado por la tenue luz de una vela.

—Tranquilo, tranquilo. Creo que es a ella a quien habías perdido, ¿verdad? —La voz de la vieja llega a mí envuelta en un fétido olor estomacal, pero lo ignoro cuando sus ojos verdes guían los míos hacia un lado.

Allí está Isha. De pie en la oscuridad, junto a un quinqué improvisado con una gran lata de conservas, me mira con sus ojos aún apagados, sin chispa. Agarra dos dedos de su mano derecha con la izquierda y permanece inmóvil, como una frágil muñeca de rostro de porcelana. Los chispazos de Vektor hacen que vuelva en mí y me levante del suelo para coger otra vez de la mano a Isha.

—¿Estás bien? —Es cuanto se me ocurre decir. 

Su mirada silenciosa no me toma por sorpresa, pero sí lo hace el alboroto que causan en el túnel los disparos de armas automáticas. A través de la tela que cubre el agujero en el que estamos, veo a varias personas forcejeando con mercenarios de Ikishama—. Tenemos que irnos, Isha.

[𝞹]> Los tenéis encima, Zoro. <[𝞹]

[𝞹]> No puedo hacer nada por retrasarles. <[𝞹]

[𝞹]> Vas a hacer que la muerte de Rayka no sirva para nada. <[𝞹]

El último mensaje de Spyral retuerce mi estómago de ira. Estoy nervioso, deambulo de un lado a otro como una presa que no tiene escapatoria. Entonces la vieja me toca con sus sudorientas manos, manteniendo sobre mí una inquietante mirada cargada de dudas. Después de mirar a Isha, resopla incómoda y con un suave pisoteo en el suelo nos descubre una tapa redonda de hormigón repleta de agujeros del tamaño de un pulgar.

—Da a un pasillo paralelo al túnel, que se une a él en una curva a unos doscientos metros de distancia. Huid por ella si podéis levantar la tapa. Hace años que no la puedo usar.

Isha se agacha y da dos toques al trozo de Vektor que se sujeta en su hombro. Con un rápido movimiento de sus tentáculos levanta la gruesa tapa y la sostiene hasta que entramos. La altura del túnel de escape es tan baja que tengo que ponerme de cuclillas para que Vektor no me aplaste la cabeza al bajar la tapa. Como unos niños asustados nos quedamos mirando a través de los agujeros al oír la amenazadora voz de un hombre. La vieja le grita a un mercenario que ha corrido la tela de la entrada al hueco de la pared. Busca con su linterna de muñeca como si fuera un hocico de sabueso, pero la vieja le despista empujándole y gritándole que salga de su casa. Sin apartar la mirada de la escena alejo suavemente a Isha con mi mano para que avance por el túnel, e impedir que vea el inevitable desenlace del forcejeo.

Me siento como si una pócima me hubiese dado un mal viaje, dejándome como un inútil muñeco de trapo en medio de un retorcido mar de brazos. La cabeza me da vueltas y me cuesta centrar la mirada. Pierdo el equilibrio y me apoyo en la corpulenta espalda de un hombre, que se deshace de mí con un fuerte movimiento de su hombro lanzándome hasta chocarme contra una joven.

Me fulmina con su mirada, oculta bajo una oscura línea maquillada de oreja a oreja, y me grita cien clases de insultos distintos antes de empujarme contra otro hombre, que termino tirando al suelo conmigo. Me levanto rápidamente, agarrándome a los harapos de la gente, antes de ser pisoteado, como le pasa al que ha caído conmigo

Grito el nombre de Isha apartando las manazas de quienes pretenden quitarme de en medio. La angustia me colapsa y pierdo totalmente el control. Soy pasto de los empentones y codazos de la turba, que de repente trata de huir en todas direcciones, hasta que una mano tira de mí metiéndome en un oscuro agujero de la pared, donde beso el frío suelo tras tropezar con la torpeza de un esnob superado por la realidad.

Respiro nervioso, agitado, temblando como un perro bajo una tormenta de verano. Tardo un rato en comenzar a palpar el suelo para encontrar una pared en la que apoyarme y buscar una salida, pero todo lo que encuentro es el pustuloso rostro sonriente de una vieja iluminado por la tenue luz de una vela.

—Tranquilo, tranquilo. Creo que es a ella a quien habías perdido, ¿verdad? —La voz de la vieja llega a mí envuelta en un fétido olor estomacal, pero lo ignoro cuando sus ojos verdes guían los míos hacia un lado.

Allí está Isha. De pie en la oscuridad, junto a un quinqué improvisado con una gran lata de conservas, me mira con sus ojos aún apagados, sin chispa. Agarra dos dedos de su mano derecha con la izquierda y permanece inmóvil, como una frágil muñeca de rostro de porcelana. Los chispazos de Vektor hacen que vuelva en mí y me levante del suelo para coger otra vez de la mano a Isha.

—¿Estás bien? —Es cuanto se me ocurre decir. Su mirada silenciosa no me toma por sorpresa, pero sí lo hace el alboroto que causan en el túnel los disparos de armas automáticas. A través de la tela que cubre el agujero en el que estamos, veo a varias personas forcejeando con mercenarios de Ikishama—. Tenemos que irnos, Isha.

[𝞹]> Los tenéis encima, Zoro. <[𝞹]

[𝞹]> No puedo hacer nada por retrasarles. <[𝞹]

[𝞹]> Vas a hacer que la muerte de Rayka no sirva para nada. <[𝞹]

El último mensaje de Spyral retuerce mi estómago de ira. Estoy nervioso, deambulo de un lado a otro como una presa que no tiene escapatoria. Entonces la vieja me toca con sus sudorientas manos, manteniendo sobre mí una inquietante mirada cargada de dudas. Después de mirar a Isha, resopla incómoda y con un suave pisoteo en el suelo nos descubre una tapa redonda de hormigón repleta de agujeros del tamaño de un pulgar.

—Da a un pasillo paralelo al túnel, que se une a él en una curva a unos doscientos metros de distancia. Huid por ella si podéis levantar la tapa. Hace años que no la puedo usar.

Isha se agacha y da dos toques al trozo de Vektor que se sujeta en su hombro. Con un rápido movimiento de sus tentáculos levanta la gruesa tapa y la sostiene hasta que entramos. La altura del túnel de escape es tan baja que tengo que ponerme de cuclillas para que Vektor no me aplaste la cabeza al bajar la tapa.

Como unos niños asustados nos quedamos mirando a través de los agujeros al oír la amenazadora voz de un hombre. La vieja le grita a un mercenario que ha corrido la tela de la entrada al hueco de la pared. Busca con su linterna de muñeca como si fuera un hocico de sabueso, pero la vieja le despista empujándole y gritándole que salga de su casa. Sin apartar la mirada de la escena alejo suavemente a Isha con mi mano para que avance por el túnel, e impedir que vea el inevitable desenlace del forcejeo.

El día más largo — Parte 11 | 1 de 2

Pág. Siguiente>

1 de 2

Suscríbete y lee cada capítulo nuevo.

Si te ha gustado comparte