Libro primero — El día más largo

logicapsula 12.2

Spyral controla mi burodema a su antojo y todos los gadchets que tengo en ella. Para mí es como si alguien me desnudara por completo y observara con morbo cada rincón de mi cuerpo, lamiéndome con lascivia todos los ángulos de mis articulaciones. Pero en ese momento no me importa. La muerte de Rayka me ha partido el corazón y, como si me hundiera en el más profundo de los océanos, voy entumeciéndome de tal forma que no reacciono a nada. Sólo una directriz secundaria del comando que controla mi mente hace que me mueva: proteger a Isha. Camino con ella colgada de mi mano entre las sombras de las alcantarillas siguiendo la luz de los focos delanteros del dron, que vuela a la altura de mis ojos unos diez pasos adelantado. Los chispazos de Vektor rebotan en las paredes húmedas de hormigón hasta apagarse en la fina capa de agua que cubre el suelo, sobre la que cada uno de nuestros solitarios pasos resuena con un chapoteo hasta que llegamos a una encrucijada, de donde emerge el murmullo de lo que parece una horda de gente. Nos encontramos de frente con otro pirado del caos que lleva escrito en un cartel “Chaos is coming”. Empiezo a pensar que Spyral los usa de alguna manera para señalizarnos el camino. Demasiada casualidad. Levanto la mirada y veo a los lados pequeños vecindarios improvisados en las grandes cañerías que asoman de la pared, donde las lámparas de aceite y las pantallas de viejas laptop son la única iluminación. Giramos a la derecha y avanzamos por un túnel más ancho, donde la gente se agolpa frente a tenderetes improvisados a ambos lados, desde los que vendedores aficionados anuncian sus gangas intentando superar el tumulto que rebota en las paredes húmedas. El hedor a agua estancada de las alcantarillas y el tufo a sudor de la gente se mezcla con un fuerte olor a carne quemada procedente de varios barriles de gasolina apoyados en la pared de nuestra derecha, donde se brasean gatos y ratas como la oferta más suculenta del día.

Siento la necesidad de colocarme la máscara, pero no puedo llamar la atención; nadie lleva máscara aquí abajo. Levanto el cuello y logro ver las luces de mi dron sobre las cabezas de la gente, al fondo del largo túnel, donde desaparece girando otra vez a la derecha. Aprieto el paso, sin soltar a Isha de mi mano, haciéndonos sitio a empujones entre la multitud, a la que no parece importarle los chisporroteos constantes de Vektor. A cada metro que avanzamos nos encontramos con más gente que entra al túnel por otros accesos abiertos en la pared a mazazos, tiempo atrás, o por tuberías gigantescas inutilizadas de las que ya apenas salen unos hilos de agua sucia. El calor del gentío abrasa el aire que respiro y el juego de luces y sombras procedente del fuego de los barriles de gasolina me desorienta coloreando todo en un triste color ocre. En ese momento todo se me viene encima. No soy capaz de soportar el montón de mierda que me ha caído encima desde que he salido de la rave. En tan sólo unas horas he abandonado una vida por la que he estado luchando durante años enteros, soportando toda clase de humillaciones, y he abrazado un nuevo propósito que sólo una niña colma de sentido. Una niña por la que mi mejor amiga ha dado la vida. Una niña que ya no está sujeta de mi mano. El pecho me arde y no logro meter en mis pulmones todo el oxígeno que necesito.

[𝞹]> Más rápido. <[𝞹]

[𝞹]> Han entrado en las alcantarillas. <[𝞹]

[𝞹]> Tienes que alcanzar el dron ya. <[𝞹]

—Isha… la he perdido —Las caras de la muchedumbre danzan ante mí apretadas, entre las luces y sombras del fuego de los barriles, como un grotesco carnaval de máscaras deformes—. ¡Joder, Spyral, no veo a Isha!

Spyral controla mi burodema a su antojo y todos los gadchets que tengo en ella. Para mí es como si alguien me desnudara por completo y observara con morbo cada rincón de mi cuerpo, lamiéndome con lascivia todos los ángulos de mis articulaciones. Pero en ese momento no me importa.

La muerte de Rayka me ha partido el corazón y, como si me hundiera en el más profundo de los océanos, voy entumeciéndome de tal forma que no reacciono a nada. Sólo una directriz secundaria del comando que controla mi mente hace que me mueva: proteger a Isha.

Camino con ella colgada de mi mano entre las sombras de las alcantarillas siguiendo la luz de los focos delanteros del dron, que vuela a la altura de mis ojos unos diez pasos adelantado. Los chispazos de Vektor rebotan en las paredes húmedas de hormigón hasta apagarse en la fina capa de agua que cubre el suelo, sobre la que cada uno de nuestros solitarios pasos resuena con un chapoteo hasta que llegamos a una encrucijada, de donde emerge el murmullo de lo que parece una horda de gente.

Nos encontramos de frente con otro pirado del caos que lleva escrito en un cartel “Chaos is coming”. Empiezo a pensar que Spyral los usa de alguna manera para señalizarnos el camino. Demasiada casualidad. Levanto la mirada y veo a los lados pequeños vecindarios improvisados en las grandes cañerías que asoman de la pared, donde las lámparas de aceite y las pantallas de viejas laptop son la única iluminación.

Giramos a la derecha y avanzamos por un túnel más ancho, donde la gente se agolpa frente a tenderetes improvisados a ambos lados, desde los que vendedores aficionados anuncian sus gangas intentando superar el tumulto que rebota en las paredes húmedas.

El hedor a agua estancada de las alcantarillas y el tufo a sudor de la gente se mezcla con un fuerte olor a carne quemada procedente de varios barriles de gasolina apoyados en la pared de nuestra derecha, donde se brasean gatos y ratas como la oferta más suculenta del día.

Siento la necesidad de colocarme la máscara, pero no puedo llamar la atención; nadie lleva máscara aquí abajo. Levanto el cuello y logro ver las luces de mi dron sobre las cabezas de la gente, al fondo del largo túnel, donde desaparece girando otra vez a la derecha.

Aprieto el paso, sin soltar a Isha de mi mano, haciéndonos sitio a empujones entre la multitud, a la que no parece importarle los chisporroteos constantes de Vektor. A cada metro que avanzamos nos encontramos con más gente que entra al túnel por otros accesos abiertos en la pared a mazazos, tiempo atrás, o por tuberías gigantescas inutilizadas de las que ya apenas salen unos hilos de agua sucia.

El calor del gentío abrasa el aire que respiro y el juego de luces y sombras procedente del fuego de los barriles de gasolina me desorienta coloreando todo en un triste color ocre. En ese momento todo se me viene encima. No soy capaz de soportar el montón de mierda que me ha caído encima desde que he salido de la rave.

En tan sólo unas horas he abandonado una vida por la que he estado luchando durante años enteros, soportando toda clase de humillaciones, y he abrazado un nuevo propósito que sólo una niña colma de sentido. Una niña por la que mi mejor amiga ha dado la vida. Una niña que ya no está sujeta de mi mano. El pecho me arde y no logro meter en mis pulmones todo el oxígeno que necesito.

[𝞹]> Más rápido. <[𝞹]

[𝞹]> Han entrado en las alcantarillas. <[𝞹]

[𝞹]> Tienes que alcanzar el dron ya. <[𝞹]

—Isha… la he perdido —Las caras de la muchedumbre danzan ante mí apretadas, entre las luces y sombras del fuego de los barriles, como un grotesco carnaval de máscaras deformes—. ¡Joder, Spyral, no veo a Isha!

El día más largo — Parte 10 | 2 de 2

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