Libro primero — El día más largo

logicapsula 10.2

—¡¿Quién coño viene a joder a mi casa?!

La voz grave de Diana retumba en toda la sala al tiempo que se encienden en el techo cien puntos de luz negra. Entonces puedo ver su silueta, asomada desde el balcón de la pecera sujetando en alto una uzi trucada en cada mano. Con los ojos ocultos bajo sus ciber-lentes, y la boca abierta, sorprende a los mercenarios desde arriba y por la espalda, que responden vaciando los cargadores de sus MK. Las ráfagas de las uzis iluminan el rostro de Diana. Casi puedo ver el odio en sus ojos a través de las lentes. Bajo la mirada y veo cómo los mercenarios son alcanzados por el fuego cruzado de Rayka, Valentine, y Beth. Cierro los ojos. De repente sólo puedo oír el zumbido de mis oídos. Dejo que los segundos transcurran hasta que me doy cuenta de que el tiroteo ha terminado. Diana es lo primero que veo cuando abro los ojos. Permanece de pie, como una fría escultura de una guerrera acribillada a balazos. Sus dedos continúan apretando los gatillos de sus uzis descargadas y su boca continúa abierta con los dientes apretados. Erguida, como una torre gigante, cae de espaldas estrepitosamente sobre el sillón de cuero, dejando en el aire el humeante rastro de los balazos que la han atravesado. Abajo, en el suelo, el bruto se muere. Apenas puede retorcerse de dolor. El ruido de pisadas sobre cristales hace que me gire. Mis ojos pasan de largo a Valentine, que sale de la barra mirando hacia Diana doliéndose de un balazo en el hombro, y se detienen en Rayka. Apoyada en la pared tiene sus ojos clavados en los míos. Una lágrima de rímel negro se arrastra por su mejilla hasta desaparecer entre sus labios, cerrados como una escotilla hermética.

Mi corazón calienta mi pecho con un vuelco y pone mis piernas a correr hacia ella cuando desaparece lentamente tras la jardinera de rosas sintéticas, dejando un oscuro rastro de sangre en la pared. Al llegar a Rayka levanto su cabeza del suelo y la coloco en mi regazo. Le abrazo pegando mi oreja en sus labios, como si quisiera que su voz quedase grabada en mi oído para siempre, resonando eternamente. Pero ella está muerta, no he llegado a tiempo. La negra lágrima de su mejilla era la despedida de la única persona que ha sabido mirar dentro de mí sin juicio ni pretensiones. Grito poseído por la ira y de nuevo rompo a llorar en el día más largo de mi vida; en el que el caos transforma en conocimiento profundo toda mi experiencia vital acumulada, con una descarnada catarsis sin fin.

—¡Zoro, pavo! —La voz de Beth resuena en la sala central del Black Rose— ¡Pilla mi moto y llévate a la cría! ¡Marca la ruta que te lleve al taller de Pier! ¡Corre, los Ruskys han caído y están llegando más merdiks!

Estoy sumergido en la oscuridad, flotando en la nada. Pero la voz de Beth enciende una tenue luz: la cara de Isha, escoltada por esa sombría criatura metálica, portadora de la vida y de la muerte, la personificación misma de Shiva, Satanás y los cuatro jinetes del apocalipsis juntos.

—¡Bliksem, mueve el culo! —Me levanto de un salto y abandono el cuerpo de Rayka, tan inerte como las rosas sintéticas de la jardinera que tengo al lado; último lugar en el que veo sus rastas blancas brillar sobre su cabeza.

—¡¿Quién coño viene a joder a mi casa?!

La voz grave de Diana retumba en toda la sala al tiempo que se encienden en el techo cien puntos de luz negra. Entonces puedo ver su silueta, asomada desde el balcón de la pecera sujetando en alto una uzi trucada en cada mano. Con los ojos ocultos bajo sus ciber-lentes, y la boca abierta, sorprende a los mercenarios desde arriba y por la espalda, que responden vaciando los cargadores de sus MK.

Las ráfagas de las uzis iluminan el rostro de Diana. Casi puedo ver el odio en sus ojos a través de las lentes. Bajo la mirada y veo cómo los mercenarios son alcanzados por el fuego cruzado de Rayka, Valentine, y Beth. Cierro los ojos. De repente sólo puedo oír el zumbido de mis oídos. Dejo que los segundos transcurran hasta que me doy cuenta de que el tiroteo ha terminado.

Diana es lo primero que veo cuando abro los ojos. Permanece de pie, como una fría escultura de una guerrera acribillada a balazos. Sus dedos continúan apretando los gatillos de sus uzis descargadas y su boca continúa abierta con los dientes apretados. Erguida, como una torre gigante, cae de espaldas estrepitosamente sobre el sillón de cuero, dejando en el aire el humeante rastro de los balazos que la han atravesado.

Abajo, en el suelo, el bruto se muere. Apenas puede retorcerse de dolor. El ruido de pisadas sobre cristales hace que me gire. Mis ojos pasan de largo a Valentine, que sale de la barra mirando hacia Diana doliéndose de un balazo en el hombro, y se detienen en Rayka. Apoyada en la pared tiene sus ojos clavados en los míos. Una lágrima de rímel negro se arrastra por su mejilla hasta desaparecer entre sus labios, cerrados como una escotilla hermética. Mi corazón calienta mi pecho con un vuelco y pone mis piernas a correr hacia ella cuando desaparece lentamente tras la jardinera de rosas sintéticas, dejando un oscuro rastro de sangre en la pared.

Al llegar a Rayka levanto su cabeza del suelo y la coloco en mi regazo. Le abrazo pegando mi oreja en sus labios, como si quisiera que su voz quedase grabada en mi oído para siempre, resonando eternamente. Pero ella está muerta, no he llegado a tiempo. La negra lágrima de su mejilla era la despedida de la única persona que ha sabido mirar dentro de mí sin juicio ni pretensiones.

Grito poseído por la ira y de nuevo rompo a llorar en el día más largo de mi vida; en el que el caos transforma en conocimiento profundo toda mi experiencia vital acumulada, con una descarnada catarsis sin fin.

—¡Zoro, pavo! —La voz de Beth resuena en la sala central del Black Rose— ¡Pilla mi moto y llévate a la cría! ¡Marca la ruta que te lleve al taller de Pier! ¡Corre, los Ruskys han caído y están llegando más merdiks!

Estoy sumergido en la oscuridad, flotando en la nada. Pero la voz de Beth enciende una tenue luz: la cara de Isha, escoltada por esa sombría criatura metálica, portadora de la vida y de la muerte, la personificación misma de Shiva, Satanás y los cuatro jinetes del apocalipsis juntos.

—¡Bliksem, mueve el culo! —Me levanto de un salto y abandono el cuerpo de Rayka, tan inerte como las rosas sintéticas de la jardinera que tengo al lado; último lugar en el que veo sus rastas blancas brillar sobre su cabeza.

El día más largo — Parte 09 | 2 de 2

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