Libro primero — El día más largo

logicapsula 11.1

El tiempo se congela. No es la primera vez que me encuentro ante unos tipos armados, pero en ese momento se me arrugan hasta las orejas porque son mercenarios de Ikishama. Llevan armaduras tácticas y están en perfecta formación de asalto. No veo ninguna salida para mí, me siento atrapado. Delante de mis narices tengo a todo un pelotón de fusilamiento, a unos cinco metros detrás de mí está la barra en la que se esconde Valentine, a otros tantos metros escorado a la derecha queda el portón metálico en el que se oculta Beth, y casi a la misma distancia por la izquierda está la puerta de los baños en los que ha entrado Rayka.

Porca miseria, Zoro, in bocca al lupo —El susurro de Valentine en mi burodema me activa. Trago la poca saliva que me queda en la boca y en un segundo observo razonadamente la situación, hasta concluir que mi papel en ese mismo instante es el de un mero espectador que nada puede hacer para cambiar la película que está viendo. Quizás las socias del Black Rose salven el día, o tal vez la manada de perros termine engulléndonos a todos. Sea cuál sea el resultado, escapa a mi control. Y entonces decido entregarme por primera vez en mi vida al caos, admitiendo en un solo golpe de voluntad que jamás he tenido poder alguno sobre mi destino.

Saco lentamente mi mano derecha agarrando el paquete de tabaco. Con la misma tranquilidad me coloco un Two-shots en la boca, le arranco la tapa para encenderlo, y levanto las manos dejando mi mente en blanco con el mantra «Sin orden nada existe, sin caos nada evoluciona».

La cabeza del jefe de los mercenarios, embutida en uno de esos cascos tácticos de los que tanto alardea Ikishama Corp., asoma tras uno de los escudos. Es un bruto de dos metros que se parapeta detrás de uno de sus hombres.

—¡Busco a una negra con el pelo amarillo que acaba de jodernos un Toro. Y sé que está aquí! —Una comunicación en su casco le interrumpe. Detecto cierta ansiedad en su movimiento. Seguro que están avisándole de que los Ruskys están atacando a los mercenarios que se hayan quedado vigilando la entrada— ¡Esa zorra tiene algo que estamos buscando! ¡O sale a la voz de ya, o arrasamos este antro con todos vosotros dentro!

Quemo la primera dosis del cigarro y permanezco en silencio mientras toda mi vida pasa delante de mí. Mis padres, Marc, Isha. De todo el flujo de imágenes que pasan por mi cabeza, ellos son los únicos que me provocan una emoción auténtica, un vuelco en el corazón. En el olvido quedan las aspiraciones, los reconocimientos, mientras en el presente comienza el tiroteo con una potente ráfaga de la neoskorpio que Rayka escupe sobre los escudos de los mercenarios de la izquierda. Los que están frente a mí responden con sus MK a los disparos de la escopeta de Valentine, y los de la derecha hacen lo mismo con Beth al disparar sus “No gods, no Masters” desde el portón metálico. Las balas vuelan a mi alrededor en direcciones opuestas, silbando las notas de mi posible réquiem, hasta que una de ellas me roza el hombro derecho tirándome al suelo boca arriba. El dolor es intenso, como la mordida de una pequeña víbora, pero permanezco a la expectativa, esperando ver cómo acaba todo. Aspiro la segunda dosis del Two-shots que cuelga entre mis labios. Todo transcurre sin pausa, como una corriente de agua, como una sonata de acordes anárquicos que suenan al compás de un tempo ordenado que me abruma y humilla. El fuego cruzado ilumina intermitentemente la sala central del Black Rose. Las botellas y vasos reventados por las balas crean una lluvia invertida de alcohol y cristales que se detiene cuando las luces de emergencia se apagan repentinamente. Por un segundo el Black Rose queda en silencio hasta que los bafles  lo revientan.

El tiempo se congela. No es la primera vez que me encuentro ante unos tipos armados, pero en ese momento se me arrugan hasta las orejas porque son mercenarios de Ikishama. Llevan armaduras tácticas y están en perfecta formación de asalto. No veo ninguna salida para mí, me siento atrapado.

Delante de mis narices tengo a todo un pelotón de fusilamiento, a unos cinco metros detrás de mí está la barra en la que se esconde Valentine, a otros tantos metros escorado a la derecha queda el portón metálico en el que se oculta Beth, y casi a la misma distancia por la izquierda está la puerta de los baños en los que ha entrado Rayka.

Porca miseria, Zoro, in bocca al lupo —El susurro de Valentine en mi burodema me activa. Trago la poca saliva que me queda en la boca y en un segundo observo razonadamente la situación, hasta concluir que mi papel en ese mismo instante es el de un mero espectador que nada puede hacer para cambiar la película que está viendo.

Quizás las socias del Black Rose salven el día, o tal vez la manada de perros termine engulléndonos a todos. Sea cuál sea el resultado, escapa a mi control. Y entonces decido entregarme por primera vez en mi vida al caos, admitiendo en un solo golpe de voluntad que jamás he tenido poder alguno sobre mi destino. Saco lentamente mi mano derecha agarrando el paquete de tabaco.

Con la misma tranquilidad me coloco un Two-shots en la boca, le arranco la tapa para encenderlo, y levanto las manos dejando mi mente en blanco con el mantra «Sin orden nada existe, sin caos nada evoluciona».

La cabeza del jefe de los mercenarios, embutida en uno de esos cascos tácticos de los que tanto alardea Ikishama Corp., asoma tras uno de los escudos. Es un bruto de dos metros que se parapeta detrás de uno de sus hombres.

—¡Busco a una negra con el pelo amarillo que acaba de jodernos un Toro. Y sé que está aquí! —Una comunicación en su casco le interrumpe. Detecto cierta ansiedad en su movimiento. Seguro que están avisándole de que los Ruskys están atacando a los mercenarios que se hayan quedado vigilando la entrada— ¡Esa zorra tiene algo que estamos buscando! ¡O sale a la voz de ya, o arrasamos este antro con todos vosotros dentro!

Quemo la primera dosis del cigarro y permanezco en silencio mientras toda mi vida pasa delante de mí. Mis padres, Marc, Isha. De todo el flujo de imágenes que pasan por mi cabeza, ellos son los únicos que me provocan una emoción auténtica, un vuelco en el corazón.

En el olvido quedan las aspiraciones, los reconocimientos, mientras en el presente comienza el tiroteo con una potente ráfaga de la neoskorpio que Rayka escupe sobre los escudos de los mercenarios de la izquierda. Los que están frente a mí responden con sus MK a los disparos de la escopeta de Valentine, y los de la derecha hacen lo mismo con Beth al disparar sus “No gods, no Masters” desde el portón metálico.

Las balas vuelan a mi alrededor en direcciones opuestas, silbando las notas de mi posible réquiem, hasta que una de ellas me roza el hombro derecho tirándome al suelo boca arriba. El dolor es intenso, como la mordida de una pequeña víbora, pero permanezco a la expectativa, esperando ver cómo acaba todo. Aspiro la segunda dosis del Two-shots que cuelga entre mis labios.

Todo transcurre sin pausa, como una corriente de agua, como una sonata de acordes anárquicos que suenan al compás de un tempo ordenado que me abruma y humilla. El fuego cruzado ilumina intermitentemente la sala central del Black Rose. Las botellas y vasos reventados por las balas crean una lluvia invertida de alcohol y cristales que se detiene cuando las luces de emergencia se apagan repentinamente.

Por un segundo el Black Rose queda en silencio hasta que los bafles  lo revientan.

El día más largo — Parte 09| 1 de 2

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