Libro primero — El día más largo

logicapsula 10.2

El Ruso Blanco brilla en la mesa como la solución al estreñimiento que siempre me acompaña, y por un corto instante todo es perfecto mientras disfruto de un Two-shots. Pero la perfección desaparece al apagarse los focos del techo, encenderse los de emergencia y detenerse la música, dejando que el murmullo de la gente suene como un incisivo coro de avispones.

Aún estoy volado y no me entero de qué ocurre a mi alrededor. Las luces blancas de los focos arrojan un enredo de sombras en el suelo y decido levantar la cabeza girando lentamente mi cuello para echar la vista atrás, donde la gente de las mesas se abre paso a empujones con el terror incrustado en sus caras.

—¡Zoro, pavo, espabila! —La voz de Beth resuena en el audio de mi burodema—. ¡Fok, sal de ahí!

—¡Son Ikishama! ¡Pillad los hierros! —Rayka se une a la conversación en el mismo instante en que, esquivando a la gente que intenta huir entre gritos, decido ir hacia Valentine, que saca su escopeta detrás de la barra principal.

—¡Zoro, sei troppo fatto! —Valentine me mira de reojo desde la barra meneando su cabeza de un lado a otro, echándose su escopeta al hombro —. No vengas hacia mí, eh. Esos coglione ya están en el hall, y vienen directos hacia aquí —No consigo pensar con claridad. Me confunde toda la gente que me empuja por los cuatro costados gritando como monos encerrados en una jaula. No sé hacia dónde moverme, pero mantengo la calma. El flote aún me dura—. ¡Quita de en medio, testa di cazzo!

—Nenas, han hackeado todo el sistema. Estamos a ciegas —Al escuchar a Rayka y verle entrar en los baños corriendo empiezo a atar cabos—. Beth, abre el portón del laberinto para que salga todo el que pueda y quédate ahí. Yo voy a sacar la Skorpio del baño, pero no me da tiempo a llegar hasta Valentine.

—Oka. Ray. Los ruskys nos van a dar todo el tiempo que puedan. Han salido por atrás y cuando lleguen a la entrada soltarán todo lo que tengan a esos merdiks —Beth abre el portón metálico y un río de gente desaparece tras él. Al poco rato asoma la cabeza gritándome en la burodema—. ¡Zoro, bliksem, que salgas de ahí!

Me quedo clavado a medio camino entre la barra y la pista de baile, que ahora es un montón de mesas repletas de vasos y sillas tiradas por el suelo. La mayoría de la gente ha podido huir por el portón de metal, pero aún hay quien se acurruca tras las macetas o se apiña detrás de las columnas que rodean la gran pista central.

—¡¿Y dónde está Diana?! —Valentine me atraviesa con su mirada mientras termina de ajustarse un cinturón lleno de cartuchos—.

—Llegará enseguida —Rayka suspira con fuerza—. Zoro, cariño, éste no era un buen momento para ponerte hasta las cejas de golosinas —Su voz consigue espabilarme, y al mirar alrededor parece que estoy completamente solo en la sala, hasta que veo aparecer desde la zona de entrada al grito de «¡Ikishama, sabemos que está aquí!» a nueve gigantescos tipos parapetados tras unos escudos de asalto, desde los que asoman sus MK, que se detienen justo delante de la hilera de mesas en las que se celebraba la fiesta de la fruta unos minutos atrás—.

El Ruso Blanco brilla en la mesa como la solución al estreñimiento que siempre me acompaña, y por un corto instante todo es perfecto mientras disfruto de un Two-shots. Pero la perfección desaparece al apagarse los focos del techo, encenderse los de emergencia y detenerse la música, dejando que el murmullo de la gente suene como un incisivo coro de avispones.

Aún estoy volado y no me entero de qué ocurre a mi alrededor. Las luces blancas de los focos arrojan un enredo de sombras en el suelo y decido levantar la cabeza girando lentamente mi cuello para echar la vista atrás, donde la gente de las mesas se abre paso a empujones con el terror incrustado en sus caras.

—¡Zoro, pavo, espabila! —La voz de Beth resuena en el audio de mi burodema—. ¡fok, sal de ahí!

—¡Son Ikishama! ¡Pillad los hierros! —Rayka se une a la conversación en el mismo instante en que, esquivando a la gente que intenta huir entre gritos, decido ir hacia Valentine, que saca su escopeta detrás de la barra principal.

—¡Zoro, sei troppo fatto! —Valentine me mira de reojo desde la barra meneando su cabeza de un lado a otro, echándose su escopeta al hombro —. No vengas hacia mí, eh. Esos coglione ya están en el hall, y vienen directos hacia aquí —No consigo pensar con claridad. Me confunde toda la gente que me empuja por los cuatro costados gritando como monos encerrados en una jaula. No sé hacia dónde moverme, pero mantengo la calma. El flote aún me dura—. ¡Quita de en medio, testa di cazzo!

—Nenas, han hackeado todo el sistema. Estamos a ciegas —Al escuchar a Rayka y verle entrar en los baños corriendo empiezo a atar cabos—. Beth, abre el portón del laberinto para que salga todo el que pueda y quédate ahí. Yo voy a sacar la Skorpio del baño, pero no me da tiempo a llegar hasta Valentine.

—Oka. Ray. Los ruskys nos van a dar todo el tiempo que puedan. Han salido por atrás y cuando lleguen a la entrada soltarán todo lo que tengan a esos merdiks —Beth abre el portón metálico y un río de gente desaparece tras él. Al poco rato asoma la cabeza gritándome en la burodema—. ¡Zoro, bliksem, que salgas de ahí!

Me quedo clavado a medio camino entre la barra y la pista de baile, que ahora es un montón de mesas repletas de vasos y sillas tiradas por el suelo. La mayoría de la gente ha podido huir por el portón de metal, pero aún hay quien se acurruca tras las macetas o se apiña detrás de las columnas que rodean la gran pista central.

—¡¿Y dónde está Diana?! —Valentine me atraviesa con su mirada mientras termina de ajustarse un cinturón lleno de cartuchos—.

—Llegará enseguida —Rayka suspira con fuerza—. Zoro, cariño, éste no era un buen momento para ponerte hasta las cejas de golosinas —Su voz consigue espabilarme, y al mirar alrededor parece que estoy completamente solo en la sala, hasta que veo aparecer desde la zona de entrada al grito de «¡Ikishama, sabemos que está aquí!» a nueve gigantescos tipos parapetados tras unos escudos de asalto, desde los que asoman sus MK, que se detienen justo delante de la hilera de mesas en las que se celebraba la fiesta de la fruta tan sólo unos minutos atrás—.

El día más largo — Parte 08 | 2 de 2

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