Libro primero — El día más largo

logicapsula 10.1

Hasta ese momento no me doy cuenta de que llevaba un buen rato sin sentirme seguro. Necesito descansar un poco y es la ocasión perfecta para saborear un cóctel de Valentine mientras dejamos que se enfríe el rastro de Vektor. De las cuatro socias del Black Rose, sólo ella es la maestra de los cócteles, y sin pensarlo subo por el túnel después de oler las rastas de Rayka. Al entrar en el office veo a Beth trasteando con sus pistolas: dos glock de color rosa con una inspiradora inscripción en cada una, que juntas forman su frase favorita: “No Gods, no Masters”.

—Zoro, pavo. Me subo a la pecera. He quedado ahí con Diana. Cuando venga te avisaré por tu buromierda ¿oka?—Beth me guiña un ojo y sube por una escalera de caracol situada entre los dos túneles secretos. La sala de arriba es un enorme office de lujo con una gran cristalera que asoma por la parte más alta de la pared contraria a la barra principal. Lo rodea un pequeño balcón de barandillas metálicas coronado por un sillón de cuero. En esa pecera las cuatro socias del Black Rose cierran sus tratos mientras vigilan la fiesta que hay abajo.

 En la gran sala central busco a Valentine. Nuestras miradas se cruzan y asentimos sonrientes a la vez. Los dos moños de su cabeza asoman entre el gentío que baila frente a la barra, entre las dos tarimas sobre las que se contornean las bailarinas, hasta acercarse a mí. Me lleva de la mano y se detiene en una de las mesas que han colocado en la zona central; hoy es el día de la fruta, una fiesta mensual que siempre atrae más clientela de la habitual, en la que la zona de baile se llena de mesas altas y sillas de respaldos ergonómicos para que los clientes degusten con comodidad diferentes figuras hechas con frutas. Me siento en la mesa y busco en uno de mis bolsillos mi spray de comaína especial. El insinuante baile de las bailarinas no me tranquiliza al ver que sólo me queda

una nasocápsula, pero el Ruso Blanco que Valentine pone en mi mesa equilibra la situación. Me doy el viaje y rápidamente guardo el spray en el bolsillo antes de apoyarme en el respaldo anatómico de la silla. Pierdo la mirada en la piel de serpiente de una de las bailarinas. Sus caros implantes con forma de escamas y su vestuario de reptil me hacen dudar si realmente es humana. La música de los sintetizadores camufla el murmullo de la gente. Hay quienes bailan bajo una cascada de luces amarillas,  rosas y violetas, otros se agolpan en la barra como caballos sedientos esperando que las camareras les sirvan su cóctel especial, otros trapichean en la zona de los baños, pero los que más parecen disfrutar son los que lamen y engullen la fruta sobre torsos desnudos de desconocidos, sin importar que la mitad del zumo se desperdicie. Por un tiempo mi sonrisa nada en mis pensamientos con la euforia de un nuevo dios encarnado, que se eleva en la oscuridad del techo sobre los simples mortales. Mi mente se convulsiona y mis ojos se pierden en las luces del techo, donde las sombras de la gente celebran su propia orgía. Los colores de los focos me envuelven y por fin logro despegar, abandonando la costra que es mi cuerpo. La música de los sintetizadores me acaricia como una suave brisa y sus acordes me abrazan meciéndome en sus coloridos pentagramas, que brillan con nuevos colores vivos hasta quemar mis pupilas. Siento que me disperso como el cacao en polvo sobre una eterna mancha blanca, y por un momento todo deja de importar. Floto en la nada. No hay mañana. No hay ayer. Ni siquiera hoy es una opción. Sólo existe ahora. Los segundos dejan de existir hasta que el bajón me hace regresar de golpe a la mesa del Black Rose. Mi burodema suaviza mi caída del nirvana inyectándome la dosis programada de Equilibrium; una pócima que fabrica mi druida para acortar los síntomas del final de viaje. Su magia siempre consigue regalarme unos largos minutos de flote mientras limpia en mi cuerpo los residuos del chute.

Hasta ese momento no me doy cuenta de que llevaba un buen rato sin sentirme seguro. Necesito descansar un poco y es la ocasión perfecta para saborear un cóctel de Valentine mientras dejamos que se enfríe el rastro de Vektor. De las cuatro socias del Black Rose, sólo ella es la maestra de los cócteles, y sin pensarlo subo por el túnel después de oler las rastas de Rayka.

Al entrar en el office veo a Beth trasteando con sus pistolas: dos glock de color rosa con una inspiradora inscripción en cada una, que juntas forman su frase favorita: “No Gods, no Masters”.

—Zoro, pavo. Me subo a la pecera. He quedado ahí con Diana. Cuando venga te avisaré por tu buromierda ¿oka?—Beth me guiña un ojo y sube por una escalera de caracol situada entre los dos túneles secretos. La sala de arriba es un enorme office de lujo con una gran cristalera que asoma por la parte más alta de la pared contraria a la barra principal. Lo rodea un pequeño balcón de barandillas metálicas coronado por un sillón de cuero. En esa pecera las cuatro socias del Black Rose cierran sus tratos mientras vigilan la fiesta que hay abajo.

 En la gran sala central busco a Valentine. Nuestras miradas se cruzan y asentimos sonrientes a la vez. Los dos moños de su cabeza asoman entre el gentío que baila frente a la barra, entre las dos tarimas sobre las que se contornean las bailarinas, hasta acercarse a mí.

Me lleva de la mano y se detiene en una de las mesas que han colocado en la zona central; hoy es el día de la fruta, una fiesta mensual que siempre atrae más clientela de la habitual, en la que la zona de baile se llena de mesas altas y sillas de respaldos ergonómicos para que los clientes degusten con comodidad diferentes figuras hechas con frutas. Me siento en la mesa y busco en uno de mis bolsillos mi spray de comaína especial.

El insinuante baile de las bailarinas no me tranquiliza al ver que sólo me queda una nasocápsula, pero el Ruso Blanco que Valentine pone en mi mesa equilibra la situación. Me doy el viaje y rápidamente guardo el spray en el bolsillo antes de apoyarme en el respaldo anatómico de la silla.

Pierdo la mirada en la piel de serpiente de una de las bailarinas. Sus caros implantes con forma de escamas y su vestuario de reptil me hacen dudar si realmente es humana. La música de los sintetizadores camufla el murmullo de la gente.

Hay quienes bailan bajo una cascada de luces amarillas,  rosas y violetas, otros se agolpan en la barra como caballos sedientos esperando que las camareras les sirvan su cóctel especial, otros trapichean en la zona de los baños, pero los que más parecen disfrutar son los que lamen y engullen la fruta sobre torsos desnudos de desconocidos, sin importar que la mitad del zumo se desperdicie.

Por un tiempo mi sonrisa nada en mis pensamientos con la euforia de un nuevo dios encarnado, que se eleva en la oscuridad del techo sobre los simples mortales. Mi mente se convulsiona y mis ojos se pierden en las luces del techo, donde las sombras de la gente celebran su propia orgía. Los colores de los focos me envuelven y por fin logro despegar, abandonando la costra que es mi cuerpo.

La música de los sintetizadores me acaricia como una suave brisa y sus acordes me abrazan meciéndome en sus coloridos pentagramas, que brillan con nuevos colores vivos hasta quemar mis pupilas. Siento que me disperso como el cacao en polvo sobre una eterna mancha blanca, y por un momento todo deja de importar. Floto en la nada. No hay mañana. No hay ayer. Ni siquiera hoy es una opción. Sólo existe ahora.

Los segundos dejan de existir hasta que el bajón me hace regresar de golpe a la mesa del Black Rose. Mi burodema suaviza mi caída del nirvana inyectándome la dosis programada de Equilibrium; una pócima que fabrica mi druida para acortar los síntomas del final de viaje. Su magia siempre consigue regalarme unos largos minutos de flote mientras limpia en mi cuerpo los residuos del chute.

El día más largo — Parte 08| 1 de 2

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